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martes, 15 de diciembre de 2015

Alberto Garzón. El (joven) topo del 15M en el Congreso




Era un tiempo en que los debates políticos todavía no se emitían en prime time. En la televisión pública, casi de madrugada, existía un programa titulado 59 segundos. Una noche, fue un 13 de julio, se organizó, al calor de las manifestaciones que tuvieron lugar un par de meses antes en las principales plazas del Estado español, un debate sobre la juventud. Suena lejano, pero no ha pasado tanto tiempo; ni siquiera un lustro –apenas cuatro años. Fue en 2011. Al debate fueron invitados dos representantes del bipartidismo, dos empresarios, un miembro de Democracia Real Ya y un joven economista de 25 años que pertenecía al movimiento altermundista ATTAC.
            Nunca había aparecido en televisión y la invitación le cogió por sorpresa. Pero no dudó en participar. Entendió que aquella podía ser una magnífica oportunidad para explicar que existía una alternativa económica a la crisis al margen de las medidas de austeridad que imponía el relato dominante. Sus intervenciones fueron comentadas por twitter, donde en apenas unas horas multiplicó por seis sus seguidores. Días más tarde, el vídeo que recogía sus intervenciones en el programa se colgó en youtube y se hizo viral. Aquel joven que convenció a la audiencia de que otro mundo era posible se llamaba Alberto Garzón Espinosa y hoy, cuatro años más tarde, es candidato a la Presidencia del Gobierno por Unidad Popular-Izquierda Unida. Ese trayecto, acelerado y acaso precoz, lo cuenta en su libro A pie de escaño. Las verdades ocultas de nuestra democracia representativa (Península, 2015).

            Su paso por un plató de televisión le sirvió para que sus propios compañeros de militancia le conocieran y propusieran su nombre para encabezar la lista de Izquierda Unida por la provincia de Málaga en las elecciones de 2011. Se presentó y obtuvo el escaño de diputado. Pronto atrajo la atención mediática por ser el diputado más joven del Congreso. Garzón fue, pues, el primero que saltó a la política institucional después de convertirse en personaje mediático por salir en televisión. Luego vinieron Iglesias y Rivera, que asaltaron los platós de televisión de forma seguramente más consciente y calculada. Garzón ha reflexionado sobre el poder de unos medios de comunicación que, más allá de construir relatos, incluso son capaces de construir personajes. En A pie de escaño sostiene que «un candidato de Izquierda Unida fue elegido, en última instancia, porque sus compañeros de militancia le conocieron por televisión. Es decir, la organización era mucho menos poderosa que los medios del sistema para hacer conocer sus propios cuadros, es decir, militantes de formación política y técnica. Dicho de otra forma: era una demostración más que clara de que la televisión condicionaba las decisiones internas de una organización antisistema».
            Del mismo modo que construye personajes, la televisión puede desactivarlos. La televisión, ese instrumento que convirtió a Alberto Garzón en personaje público, ha censurado su presencia en lo que se ha venido llamando «el debate decisivo» de la presente campaña electoral. La tercera fuerza política con representación parlamentaria de ámbito nacional ha quedado excluida, arbitrariamente, del debate, y esta decisión se muestra ante la ciudadanía como un gesto legítimo e incontestable, cuando no es sino una forma de manipulación. «Toda manipulación tiránica de los medios es un indicador de sus temores», decía el escritor británico John Berger. Parece que la ausencia de Garzón solo se explica desde el miedo de los poderosos. 
            Cuando Alberto Garzón pisó por primera vez un plató de televisión no lo hizo en calidad de representante político, sino como activista social. Aunque en el instituto ya había desarrollado su pensamiento crítico –en su carpeta llevaba, él mismo lo cuenta, pegatinas con «símbolos antifascistas, una bandera republicana, alegorías del ejército zapatista, la famosa imagen del Che, un llamamiento al “No a la guerra” y una viñeta de apoyo al pueblo palestino»– y se afilió a IU en 2003, fue en la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad de Málaga donde Garzón empezó a militar en los movimientos estudiantiles. Fue uno de los fundadores, en 2004, del colectivo Estudiantes por una Economía Crítica, desde la cual se defendía y difundía los métodos y enfoques heterodoxos –vale decir, críticos– de la economía, por medio de la organización de debates y conferencias. Este espacio de debate ofrecía a los estudiantes la posibilidad de estudiar autores y escuelas económicas que nunca se enseñaban en las aulas. Pero, como señala el propio Garzón en su libro, «no queríamos solo aprender economía, y de verdad, sino que queríamos usar nuestros conocimientos para mejor nuestra sociedad». Por ello, participaron en el Foro Social Otra Málaga y en otros proyectos altermundistas como ATTAC, Economistas Sin Fronteras o Comercio Justo. En este ambiente de economía crítica conoció al catedrático Juan Torres López con quien escribió algunos libros, firmados también por el prestigioso economista Vicenç Navarro, entre los que destacan Hay alternativas (Sequitur, 2011) y Lo que España necesita (Deusto, 2012).
            Garzón era entonces más activista social que militante político. Pisaba más la calle y las asambleas de los movimientos sociales que las sedes de Izquierda Unida. No se afilió a la UJCE, las juventudes del Partido Comunista, hasta 2006. Cuando aquel 15 de mayo de 2011 los indignados ocuparon las plazas y transformaron el modo de entender la política en este país, Alberto Garzón estaba allí. La heterogeneidad de ese movimiento colectivo, transversal, apartidista, que nació de forma casi espontánea, fue capaz de poner nombre al enemigo: «No somos mercancías en manos de políticos y banqueros»; es decir, el bloque histórico formado por la élite económica y la llamada «clase política». Allí radicaba el valor del movimiento indignado.

Alberto Garzón participó de forma muy activa en el 15-M. Estuvo implicado en la comisión de economía de Sol, en Madrid, y dando charlas en la plaza de la Constitución de Málaga, explicando algunos conceptos hasta el momento inéditos para la mayoría, pero que bien pronto se convertirían en palabras de uso cotidiano, como prima de riesgo o deuda pública. «Tenía claro –dice Garzón en A pie de escaño– que si queríamos un cambio de país necesitábamos una base social, un sujeto histórico, y que no podría conformarse si no estaba preparado intelectualmente». Desde el 15-M hasta hoy, ha destacado en Alberto Garzón su vocación pedagógica, la necesidad de elevar las conciencias de los ciudadanos por medio del conocimiento y del estudio. De hecho, como afirma en el libro, citando al economista Joan Robinson, «hay que estudiar economía para evitar ser engañado por los economistas».
            Dentro del mismo 15-M también era necesaria cierta pedagogía. Se había extendido, como un incendio, la idea de que todos los políticos eran iguales, que todos los partidos eran en la misma medida responsables de la crisis política y económica que atravesaba el país. A Izquierda Unida se la metía en el mismo saco que a los representantes del bipartidismo. El 15-M parecía evidenciar que Izquierda Unida había llegado tarde a la Historia, y que además parecía contentarse con ser muleta del PSOE. Otros acusaron a IU de formar parte del llamado Partido Bankia y de no ser sino uno más de los partidos del régimen del 78.
            Cuando empezó el mercado de fichajes en la política y Podemos quiso fichar a Alberto Garzón, los argumentos que estos ponían sobre la mesa, para tratar de convencerle, eran que Garzón se sentiría más cómodo en un partido en el que no tuviera que cargar con una mochila tan pesada como la que representaba IU. Demasiada carga, un peso excesivo que no podría sino hundir a quien la cargara a sus espaldas. Pero si es cierto que IU ha podido cometer errores –y la crítica puede ser legítima– no es menos cierto que en su mochila lleva dentro una tradición de luchas que Alberto Garzón no duda en reivindicar y reclamar.
Porque es falso que la izquierda solo disponga de una poética de la derrota y que solamente pueda encontrar poesía en el futuro. La mochila de Garzón carga con una tradición republicana, que trajo a este país el voto femenino, la apuesta por una educación laica y pública, una extensión de derechos civiles y sociales; pero también una tradición comunista, que el diputado y candidato de Unidad Popular-Izquierda Unida no solo no oculta sino que además reivindica la memoria de los comunistas que resistieron y lucharon en la clandestinidad contra la dictadura franquista.
Alberto Garzón reivindica además la tradición comunista de José Díaz, secretario general del PCE durante la República, quien apostó e impulsó –como ha tratado de hacer Garzón– la unidad popular; porque, como José Díaz, Garzón está convencido de la necesidad histórica de la unidad popular como instrumento imprescindible para la transformación social. Estos últimos meses ha peleado, de forma incansable, para lograr esa unidad. Por eso su candidatura se presenta bajo el nombre de Unidad Popular. Acude, en A pie de escaño, a unas palabras de José Díaz para explicarlo: «Si no comprendéis el momento que vivimos, si no os ponéis a la altura de las grandes masas, que piden a gritos el Frente Único y la Concentración Popular para vencer al fascismo, cometeréis el crimen más grande que pueda cometerse contra las masas obreras y antifascistas que decís defender».    

            La candidatura que encabeza Alberto Garzón no disfraza su discurso para arañar votos del centro. Garzón ha optado por no disimular sus posiciones sino, y al contario, de tratar de convencer a la ciudadanía de que sus posiciones son las correctas para transformar la vida. Frente la estrategia, la pedagogía. Sin esconderse, reivindica que su candidatura a la Presidencia del Gobierno es una candidatura anticapitalista, radical, ecologista y feminista. Una candidatura rupturista con el régimen del 78. Su discurso se construye sobre valores de izquierda, heredados de una tradición política que tiene mucho que decir en esta coyuntura histórica. Garzón está orgulloso de pertenecer a esta tradición, como lo demuestra el triángulo invertido, de color rojo, que lleva en la solapa de su chaqueta. La insignia tiene una enorme carga histórica. Es el símbolo con el que los nazis marcaban a los comunistas en los campos de concentración. No es un homenaje a la derrota, sino a la memoria. Es una forma de convocar a nuestros muertos y congregarlos en este ahora concreto, para que con la fuerza de su memoria podamos transformar el presente –que diría Walter Benjamin.
            La mochila de Garzón no carga solo con las contradicciones históricas de su partido, sino con su tradición de lucha y con su memoria. Y con una enorme responsabilidad. Como la que empleó cuando le espetó al presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, en febrero de 2013, que «usted viene aquí [al Congreso de los Diputados] como representante de un poder antidemocrático». Cuando decidió abandonar el Congreso y sumarse a la protesta de Rodea el Congreso, el 25 de septiembre de 2012, y terminó siendo empujado por la policía antidisturbios, que cargó violentamente contra los manifestantes, hasta que alguien gritó que era diputado y la policía detuvo su acción. Cuando le recuerda a los diputados de los partidos dominantes que el parlamento está secuestrado por el poder económico y que «este país necesita una refundación política y económica, lo que debería cristalizarse en una nueva Constitución y unas nuevas normas que permitan poner la economía al servicio de los ciudadanos». Hechos que son más que anécdotas, y que cuenta en primera persona en esta suerte de memorias políticas que recientemente ha publicado.
            Muchos acusaron a Alberto Garzón de ser un topo del 25-S en el Congreso. Lo que se dijo como un insulto no puede interpretarse sino como un halago. También se podría decir que Garzón es un topo del 15-M en el Congreso. Porque acaso no sea otra cosa. La revolución necesita topos. Decía Marx que la revolución es como un viejo topo que, incansablemente y con trabajo constante, escarba bajo tierra sin que se perciba su movimiento para poder irrumpir bruscamente, cuando nadie se lo espera, en la superficie. Este viejo topo es joven pero posee la experiencia y la paciencia que ha de tener un revolucionario. Garzón ha entendido que la crisis ha sido la doctrina del shock que han inventado los poderosos para legitimar su proceso constituyente desde arriba, un proceso que quiere inaugurar un nuevo estado desdemocratizado, donde sean los mercados y no los ciudadanos quienes tomen las decisiones. Frente al proceso constituyente de la oligarquía, Garzón propone un proceso constituyente desde abajo, radicalmente democrático, que surja de una auténtica revolución ciudadana. Garzón es muy consciente de que en las siguientes elecciones no está en juego solamente la próxima legislatura, sino las próximas generaciones. De estas elecciones saldrá el partido que llevará a cabo un nuevo proceso constituyente. Del resultado dependerá si el proceso lo dirige la oligarquía o «los de abajo». En esta encrucijada histórica quizá sea conveniente tener un topo del 15-M en el Congreso. O dos, o tres, o trescientos. La Historia está abierta y todavía por escribir.
 
             
David Becerra Mayor
 

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