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martes, 22 de diciembre de 2015

Incertidumbre en mapa político de España tras elecciones del 20D

En España, las elecciones del 20 de diciembre han asentado a dos formaciones inexistentes en anteriores legislaturas, es decir, Podemos y Ciudadanos, que tienen ahora un peso fundamental en el país. 
Colaboración en HispanTV.

lunes, 21 de diciembre de 2015

¿Fin del régimen del 78?

Resultado de imagen de diagonal periodico 

20/12/15


Las elecciones generales acaban con el último escenario del Régimen del 78 que aún no se había adaptado a los profundos cambios que están transformando la sociedad. David Becerra Mayor, Lolo Rico, César Rendueles, Nuria Alabao, Emmanuel Rodríguez, Jaime Pastor y Pastora Filigrana analizan estos cambios en un especial elaborado por Diagonal para la jornada electoral del 20 de diciembre de 2015.

1) ¿Pueden suponer las elecciones generales del domingo el final del bipartidismo que puso en marcha el régimen del 78? 
2) ¿Cuáles han sido los hitos en el camino hacia el fin del bipartidismo?
3) ¿Qué importancia tiene el relevo generacional en el fin del bipartidismo?
4) ¿Se rompe España o se rompe el bipartidismo?

sábado, 19 de diciembre de 2015

Enfoque - Cuba-EEUU un año después

El 17 de diciembre de 2014, Raúl Castro y Barack Obama anunciaron la decisión de restablecer las relaciones diplomáticas e iniciar un largo proceso hacia la normalización de nexos bilaterales.

Un año después de dicho anuncio ambos países han dado discretos avances hacia el acercamiento, pero a pesar de esto el bloqueo de Washington sobre la isla continúa vigente.

A lo largo de este año, entre los avances que se han hecho están el incremento de los viajes autorizados, el comercio o el flujo de información. Además se han tratado temas como el crimen organizado o el medio ambiente. También se ha producido la reapertura de las embajadas en La Habana y en Washington.

Uno de los puntos clave ha sido el de la eliminación de Cuba de la lista de países patrocinadores del terrorismo. Recientemente el presidente de EE.UU., Barack Obama, ha declarado que espera poder visitar Cuba en 2016, en su último año de mandato, pero ha dicho que este viaje tendrá lugar si se dan las condiciones para poder reunirse con disidentes de la isla.

Invitados:
David Becerra, doctor e investigador de la Universidad Autónoma de Madrid
Manuel Llamas, periodista
Luis Esteba G. Manrique, analista internacional y periodista de Infolatam
Daniel Cristancho, periodista y analista internacional


martes, 15 de diciembre de 2015

Alberto Garzón. El (joven) topo del 15M en el Congreso




Era un tiempo en que los debates políticos todavía no se emitían en prime time. En la televisión pública, casi de madrugada, existía un programa titulado 59 segundos. Una noche, fue un 13 de julio, se organizó, al calor de las manifestaciones que tuvieron lugar un par de meses antes en las principales plazas del Estado español, un debate sobre la juventud. Suena lejano, pero no ha pasado tanto tiempo; ni siquiera un lustro –apenas cuatro años. Fue en 2011. Al debate fueron invitados dos representantes del bipartidismo, dos empresarios, un miembro de Democracia Real Ya y un joven economista de 25 años que pertenecía al movimiento altermundista ATTAC.
            Nunca había aparecido en televisión y la invitación le cogió por sorpresa. Pero no dudó en participar. Entendió que aquella podía ser una magnífica oportunidad para explicar que existía una alternativa económica a la crisis al margen de las medidas de austeridad que imponía el relato dominante. Sus intervenciones fueron comentadas por twitter, donde en apenas unas horas multiplicó por seis sus seguidores. Días más tarde, el vídeo que recogía sus intervenciones en el programa se colgó en youtube y se hizo viral. Aquel joven que convenció a la audiencia de que otro mundo era posible se llamaba Alberto Garzón Espinosa y hoy, cuatro años más tarde, es candidato a la Presidencia del Gobierno por Unidad Popular-Izquierda Unida. Ese trayecto, acelerado y acaso precoz, lo cuenta en su libro A pie de escaño. Las verdades ocultas de nuestra democracia representativa (Península, 2015).

            Su paso por un plató de televisión le sirvió para que sus propios compañeros de militancia le conocieran y propusieran su nombre para encabezar la lista de Izquierda Unida por la provincia de Málaga en las elecciones de 2011. Se presentó y obtuvo el escaño de diputado. Pronto atrajo la atención mediática por ser el diputado más joven del Congreso. Garzón fue, pues, el primero que saltó a la política institucional después de convertirse en personaje mediático por salir en televisión. Luego vinieron Iglesias y Rivera, que asaltaron los platós de televisión de forma seguramente más consciente y calculada. Garzón ha reflexionado sobre el poder de unos medios de comunicación que, más allá de construir relatos, incluso son capaces de construir personajes. En A pie de escaño sostiene que «un candidato de Izquierda Unida fue elegido, en última instancia, porque sus compañeros de militancia le conocieron por televisión. Es decir, la organización era mucho menos poderosa que los medios del sistema para hacer conocer sus propios cuadros, es decir, militantes de formación política y técnica. Dicho de otra forma: era una demostración más que clara de que la televisión condicionaba las decisiones internas de una organización antisistema».
            Del mismo modo que construye personajes, la televisión puede desactivarlos. La televisión, ese instrumento que convirtió a Alberto Garzón en personaje público, ha censurado su presencia en lo que se ha venido llamando «el debate decisivo» de la presente campaña electoral. La tercera fuerza política con representación parlamentaria de ámbito nacional ha quedado excluida, arbitrariamente, del debate, y esta decisión se muestra ante la ciudadanía como un gesto legítimo e incontestable, cuando no es sino una forma de manipulación. «Toda manipulación tiránica de los medios es un indicador de sus temores», decía el escritor británico John Berger. Parece que la ausencia de Garzón solo se explica desde el miedo de los poderosos. 
            Cuando Alberto Garzón pisó por primera vez un plató de televisión no lo hizo en calidad de representante político, sino como activista social. Aunque en el instituto ya había desarrollado su pensamiento crítico –en su carpeta llevaba, él mismo lo cuenta, pegatinas con «símbolos antifascistas, una bandera republicana, alegorías del ejército zapatista, la famosa imagen del Che, un llamamiento al “No a la guerra” y una viñeta de apoyo al pueblo palestino»– y se afilió a IU en 2003, fue en la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad de Málaga donde Garzón empezó a militar en los movimientos estudiantiles. Fue uno de los fundadores, en 2004, del colectivo Estudiantes por una Economía Crítica, desde la cual se defendía y difundía los métodos y enfoques heterodoxos –vale decir, críticos– de la economía, por medio de la organización de debates y conferencias. Este espacio de debate ofrecía a los estudiantes la posibilidad de estudiar autores y escuelas económicas que nunca se enseñaban en las aulas. Pero, como señala el propio Garzón en su libro, «no queríamos solo aprender economía, y de verdad, sino que queríamos usar nuestros conocimientos para mejor nuestra sociedad». Por ello, participaron en el Foro Social Otra Málaga y en otros proyectos altermundistas como ATTAC, Economistas Sin Fronteras o Comercio Justo. En este ambiente de economía crítica conoció al catedrático Juan Torres López con quien escribió algunos libros, firmados también por el prestigioso economista Vicenç Navarro, entre los que destacan Hay alternativas (Sequitur, 2011) y Lo que España necesita (Deusto, 2012).
            Garzón era entonces más activista social que militante político. Pisaba más la calle y las asambleas de los movimientos sociales que las sedes de Izquierda Unida. No se afilió a la UJCE, las juventudes del Partido Comunista, hasta 2006. Cuando aquel 15 de mayo de 2011 los indignados ocuparon las plazas y transformaron el modo de entender la política en este país, Alberto Garzón estaba allí. La heterogeneidad de ese movimiento colectivo, transversal, apartidista, que nació de forma casi espontánea, fue capaz de poner nombre al enemigo: «No somos mercancías en manos de políticos y banqueros»; es decir, el bloque histórico formado por la élite económica y la llamada «clase política». Allí radicaba el valor del movimiento indignado.

Alberto Garzón participó de forma muy activa en el 15-M. Estuvo implicado en la comisión de economía de Sol, en Madrid, y dando charlas en la plaza de la Constitución de Málaga, explicando algunos conceptos hasta el momento inéditos para la mayoría, pero que bien pronto se convertirían en palabras de uso cotidiano, como prima de riesgo o deuda pública. «Tenía claro –dice Garzón en A pie de escaño– que si queríamos un cambio de país necesitábamos una base social, un sujeto histórico, y que no podría conformarse si no estaba preparado intelectualmente». Desde el 15-M hasta hoy, ha destacado en Alberto Garzón su vocación pedagógica, la necesidad de elevar las conciencias de los ciudadanos por medio del conocimiento y del estudio. De hecho, como afirma en el libro, citando al economista Joan Robinson, «hay que estudiar economía para evitar ser engañado por los economistas».
            Dentro del mismo 15-M también era necesaria cierta pedagogía. Se había extendido, como un incendio, la idea de que todos los políticos eran iguales, que todos los partidos eran en la misma medida responsables de la crisis política y económica que atravesaba el país. A Izquierda Unida se la metía en el mismo saco que a los representantes del bipartidismo. El 15-M parecía evidenciar que Izquierda Unida había llegado tarde a la Historia, y que además parecía contentarse con ser muleta del PSOE. Otros acusaron a IU de formar parte del llamado Partido Bankia y de no ser sino uno más de los partidos del régimen del 78.
            Cuando empezó el mercado de fichajes en la política y Podemos quiso fichar a Alberto Garzón, los argumentos que estos ponían sobre la mesa, para tratar de convencerle, eran que Garzón se sentiría más cómodo en un partido en el que no tuviera que cargar con una mochila tan pesada como la que representaba IU. Demasiada carga, un peso excesivo que no podría sino hundir a quien la cargara a sus espaldas. Pero si es cierto que IU ha podido cometer errores –y la crítica puede ser legítima– no es menos cierto que en su mochila lleva dentro una tradición de luchas que Alberto Garzón no duda en reivindicar y reclamar.
Porque es falso que la izquierda solo disponga de una poética de la derrota y que solamente pueda encontrar poesía en el futuro. La mochila de Garzón carga con una tradición republicana, que trajo a este país el voto femenino, la apuesta por una educación laica y pública, una extensión de derechos civiles y sociales; pero también una tradición comunista, que el diputado y candidato de Unidad Popular-Izquierda Unida no solo no oculta sino que además reivindica la memoria de los comunistas que resistieron y lucharon en la clandestinidad contra la dictadura franquista.
Alberto Garzón reivindica además la tradición comunista de José Díaz, secretario general del PCE durante la República, quien apostó e impulsó –como ha tratado de hacer Garzón– la unidad popular; porque, como José Díaz, Garzón está convencido de la necesidad histórica de la unidad popular como instrumento imprescindible para la transformación social. Estos últimos meses ha peleado, de forma incansable, para lograr esa unidad. Por eso su candidatura se presenta bajo el nombre de Unidad Popular. Acude, en A pie de escaño, a unas palabras de José Díaz para explicarlo: «Si no comprendéis el momento que vivimos, si no os ponéis a la altura de las grandes masas, que piden a gritos el Frente Único y la Concentración Popular para vencer al fascismo, cometeréis el crimen más grande que pueda cometerse contra las masas obreras y antifascistas que decís defender».    

            La candidatura que encabeza Alberto Garzón no disfraza su discurso para arañar votos del centro. Garzón ha optado por no disimular sus posiciones sino, y al contario, de tratar de convencer a la ciudadanía de que sus posiciones son las correctas para transformar la vida. Frente la estrategia, la pedagogía. Sin esconderse, reivindica que su candidatura a la Presidencia del Gobierno es una candidatura anticapitalista, radical, ecologista y feminista. Una candidatura rupturista con el régimen del 78. Su discurso se construye sobre valores de izquierda, heredados de una tradición política que tiene mucho que decir en esta coyuntura histórica. Garzón está orgulloso de pertenecer a esta tradición, como lo demuestra el triángulo invertido, de color rojo, que lleva en la solapa de su chaqueta. La insignia tiene una enorme carga histórica. Es el símbolo con el que los nazis marcaban a los comunistas en los campos de concentración. No es un homenaje a la derrota, sino a la memoria. Es una forma de convocar a nuestros muertos y congregarlos en este ahora concreto, para que con la fuerza de su memoria podamos transformar el presente –que diría Walter Benjamin.
            La mochila de Garzón no carga solo con las contradicciones históricas de su partido, sino con su tradición de lucha y con su memoria. Y con una enorme responsabilidad. Como la que empleó cuando le espetó al presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, en febrero de 2013, que «usted viene aquí [al Congreso de los Diputados] como representante de un poder antidemocrático». Cuando decidió abandonar el Congreso y sumarse a la protesta de Rodea el Congreso, el 25 de septiembre de 2012, y terminó siendo empujado por la policía antidisturbios, que cargó violentamente contra los manifestantes, hasta que alguien gritó que era diputado y la policía detuvo su acción. Cuando le recuerda a los diputados de los partidos dominantes que el parlamento está secuestrado por el poder económico y que «este país necesita una refundación política y económica, lo que debería cristalizarse en una nueva Constitución y unas nuevas normas que permitan poner la economía al servicio de los ciudadanos». Hechos que son más que anécdotas, y que cuenta en primera persona en esta suerte de memorias políticas que recientemente ha publicado.
            Muchos acusaron a Alberto Garzón de ser un topo del 25-S en el Congreso. Lo que se dijo como un insulto no puede interpretarse sino como un halago. También se podría decir que Garzón es un topo del 15-M en el Congreso. Porque acaso no sea otra cosa. La revolución necesita topos. Decía Marx que la revolución es como un viejo topo que, incansablemente y con trabajo constante, escarba bajo tierra sin que se perciba su movimiento para poder irrumpir bruscamente, cuando nadie se lo espera, en la superficie. Este viejo topo es joven pero posee la experiencia y la paciencia que ha de tener un revolucionario. Garzón ha entendido que la crisis ha sido la doctrina del shock que han inventado los poderosos para legitimar su proceso constituyente desde arriba, un proceso que quiere inaugurar un nuevo estado desdemocratizado, donde sean los mercados y no los ciudadanos quienes tomen las decisiones. Frente al proceso constituyente de la oligarquía, Garzón propone un proceso constituyente desde abajo, radicalmente democrático, que surja de una auténtica revolución ciudadana. Garzón es muy consciente de que en las siguientes elecciones no está en juego solamente la próxima legislatura, sino las próximas generaciones. De estas elecciones saldrá el partido que llevará a cabo un nuevo proceso constituyente. Del resultado dependerá si el proceso lo dirige la oligarquía o «los de abajo». En esta encrucijada histórica quizá sea conveniente tener un topo del 15-M en el Congreso. O dos, o tres, o trescientos. La Historia está abierta y todavía por escribir.
 
             
David Becerra Mayor
 

jueves, 10 de diciembre de 2015

Crónicas del neoliberalismo que vino del espacio exterior



Que la literatura no es un discurso inocente, neutro, ajeno al momento social en el que se produce, ya lo hemos dicho muchas veces en estas páginas. Pero, ¿qué sucede con las series televisivas de ciencia-ficción, creadas aparentemente con la única misión de entretener al público? ¿Participan también del conflicto político? Así parece tras leer Crónicas del neoliberalismo que vino del espacio exterior de Antonio J. Antón Fernández, recientemente publicado por la editorial Akal.

Según el análisis de Antón Fernández, filósofo y miembro de la sección de Pensamiento de la Fundación de Investigaciones Marxistas, series como Doctor Who, emitida por la BBC durante casi tres décadas, y cancelada en la simbólica fecha de 1989, funcionaron como fiel reflejo del proceso que, en esos años, estaba experimentando el capitalismo. Aunque las tramas se situaban en galaxias lejanas, en realidad orbitaban alrededor de un tema que nos toca muy de cerca, pues no nos hablaban de otra cosa que del inicio del neoliberalismo y sus efectos negativos sobre la clase trabajadora.
              El ensayo puede leerse como una historia del neoliberalismo contado a través de distintas manifestaciones culturales. Las leyes que hicieron retroceder los derechos laborales y las privatizaciones, que se inauguraron con el gobierno de Thatcher en Reino Unido, encontraron su fiel correspondencia en las tramas de ciencia-ficción. Como también tuvieron su reflejo en series y películas de este género las huelgas de mineros de 1972 o 1974, el desmontaje del sistema nacional de salud o la desindustrialización –como cuenta y analiza con todo detalle el autor de Crónicas del neoliberalismo que vino del espacio exterior.
            Son muchos los paralelismos que encontramos para que podamos pensar que estamos simplemente ante meras coincidencias. En Doctor Who, la caracterización –sin duda física, pero también ideológica– del personaje Helen A., el nombre de la dictadora Rehctaht (Thatcher al revés), la presencia de los misteriosos Gardsorm –«posiblemente un anagrama o metátesis fonológica de “Margaret”», señala Antón Fernández–  a través de los cuales sigue viviendo Rehctaht una vez derrotada, o el nombre de la tirana robótica, llamada Thatchos, que pretende acabar con «el ejército de los sesenta millones de parados» para convertirlos en robots incapaces de rebelarse o declarar huelgas, indica que detrás de una serie aparentemente inocente, de ciencia-ficción, como es Doctor Who, había una clara declaración de intenciones, una clara vocación de denuncia ante el neoliberalismo emergente. No en balde, y como señala el autor del ensayo, entre los creadores de la serie encontramos al reputado marxista británico Ben Aaronovitch o a Rona Munro, quien más tarde sería guionista del cineasta trotskista Ken Loach. Sin embargo, estos paralelismos no son exclusivos de Doctor Who, y Antonio J. Antón Fernández encuentra huellas del neoliberalismo –algunas veces cuestionado, otras veces legitimado– en series como Los supersónicos, Men into Space o Star Trek.
            Aunque esta forma de interpretar el neoliberalismo puede resultar extravagante para lectores acostumbrados a ensayos más ortodoxos, lo cierto es que el libro combina de forma magistral, con un estilo ágil y entretenido, un acercamiento cultural al neoliberalismo desde la ciencia-ficción con densas reflexiones sobre economía, historia política y filosofía. Personajes de Star Wars conviven sin problema con Lenin, Žižek o Hegel en estas Crónicas del neoliberalismo. Un libro que aborda, de un modo sin duda original, la historia del neoliberalismo y su implementación, desde su nacimiento en la Gran Bretaña de Thatcher hasta que nuestros días. Quizá la Revolución no será televisada, pero no cabe duda que la llegada del neoliberalismo sí se narró en la pequeña pantalla, como lo recoge –y analiza– Antonio José Antón Fernández en estas Crónicas del neoliberalismo que vino del espacio exterior. 

David Becerra Mayor // Mundo Obrero, nº 290 (noviembre, 2015). 
               

Juventud sin presente

Cuando el 15 de mayo de 2011 bajamos a las plazas y desplegamos una pancarta que decía «Juventud sin futuro», quizá pecamos de optimistas. Porque, golpeados por la crisis, no es que no tuviéramos futuro; es que ni siquiera teníamos presente. La juventud observaba que su horizonte de expectativas se había derrumbado y que aquellas promesas de futuro a la generación mejor formada de España de pronto se desvanecían. Dolía comprobar que nos habían robado el futuro; pero más iba a doler descubrir que también nos habían robado el presente.

El perfil sociológico de quien acampó en la madrileña Puerta del Sol –y en otras plazas españolas (me ha traicionado el inconsciente centralista)– era el de un estudiante universitario recién aterrizado a un mercado laboral precarizado. A la generación mejor formada no le correspondía la profesión mejor pagada. Su indignación era la consecuencia lógica de una promesa incumplida. La promesa de que su esfuerzo sería recompensado en el futuro se desmoronaba. Además, el conocimiento desclasa siempre hacia arriba y, con un título bajo el brazo, volver a la precariedad cuesta. La precariedad parece que siempre la sufren los otros y que no nos va a tocar a nosotros. Muchos de los pertenecientes a la juventud mejor formada de España han protagonizado este proceso. La juventud sin futuro.

Otros no necesitaron la llegada de la crisis para saber qué era la precariedad. Vivían en la exclusión social ya antes de la caída de Lehman Brothers. Quizá por eso no bajaron a las plazas a compartir su indignación. No habían perdido nada, porque nunca tuvieron nada. No habían perdido el futuro, porque ni siquiera tenían presente. De esa juventud «sin presente» habla la segunda novela del Lionel Tran, Sin presente. Se trata de una novela que, como sucede siempre con las segundas novelas, corría el peligro de decepcionar al lector sacudido por la primera novela de Tran, Sida mental (Periférica, 2008). Su primera novela –también reseñada en estas páginas– presentaba una revisión –en el buen sentido de la palabra– del sesentayochismo, y lo hacía a través de un texto construido desde la violencia. Pero no violencia solo en la trama, también se violentaba el lenguaje, el estilo, el propio género narrativo. Sin presente vuelve a sacudir al lector por medio de una trama protagonizada por unos jóvenes nacidos a comienzos de los años sesenta en un barrio periférico de Lyon, en el suburbio de Vaulx-en-Velin. Crecen con los ecos de un nuevo mundo que nace, el del «Fin de la Historia» proclamada por Fukuyama tras la caída del muro de Berlín, de la crisis del petróleo, de la reestructuración industrial, Margaret Thatcher y Ronald Reagan, la mercantilización de la vida, la guerra del Golfo, Maastricht, la flexibilidad laboral, la sociedad del espectáculo.

En este contexto, estos jóvenes se reconocen como una «generación sin ideales, una Bof Génération». Si estamos en el Fin de la Historia, ¿para qué luchar, si no hay horizonte posible?, se preguntarán inevitablemente. Habrá quien tendrá posibilidades de sustituir los viejos ideales políticos por metas individualistas, y dedicará su vida a «tener éxito», pero ni siquiera eso es posible en un suburbio de Lyon. Las drogas, el sida o el paro son su único horizonte. «Dejamos el instituto, la facultad, las escuelas privadas, ni tenemos trabajo ni lo queremos». Lo que se denomina en España NI-NI no es una opción, sino la consecuencia de un contexto socioeconómico –lo que vale decir, político.

«La revolución no tendrá lugar aquí», afirman. Esta generación desencantada es funcional al sistema que la excluye. No son peligrosos, ya que han renunciado a la revolución. No convierten su desencanto en potencial revolucionario, y eso les hace inofensivos. Han perdido toda esperanza. Sin embargo, la violencia que soportan es tan fuerte que puede llegar a desbordar la apatía de jóvenes como ellos y estallar en algún momento. Y eso también lo saben: «Esperamos, algo va a pasar, está en el aire, sentimos cómo sube la tensión, cómo aumenta, ya no se puede dar un paso sin darse de bruces con la policía, sin que te registren las brigadas antidelincuencia de paisano [...], se queman coches en los barrios, se saquean supermercados, los parados se manifiestan, las huelgas paralizan el país, el precio de la gasolina no deja de subir, la abstención gana terreno, esto va a explotar, es palpable, no es paranoia, la presión aumenta». Ya lo cuentan los diarios: «una bombona de butano llena de clavos y pernos explota en el metro parisino» y se ha producido un «tiroteo en los alrededores de Lyon».

La violencia cotidiana que soportan sus cuerpos, día a día, tal vez encontrará su reacción. No quieren cambiar el mundo –han asumido que es imposible– y no tienen conciencia política, pero, como reconoce el protagonista al final de la novela, «sientes que en el fondo de ti germina la ira, una ira fría». Que la ira que germina termine en un motín o una Revolución depende de nosotros mismos.

David Becerra Mayor // Mundo Obrero, nº 289 (octubre 2015). Fuente: http://www.mundoobrero.es/pl.php?id=5216