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miércoles, 26 de febrero de 2014

Notas y reflexiones. El desclasamiento del lector

Todos empezamos a leer con el discurso humanista en el inconsciente: empezamos a leer creyendo encontrar en la literatura un modelo de vida, una respuesta a todas nuestras preguntas, para divertirnos y para sumergirnos en otros mundos y para conocer lo que no vivimos, pensando que la lectura nos hará mejores personas, más cultas y educadas, incluso más libres y felices, y que encontraremos los secretos del espíritu humano en nuestra conversación íntima con el texto literario. Pero nada de eso ocurre. Al contrario, la literatura no es un camino ni hacia la libertad ni hacia la felicidad; más bien es un camino hacia la ilusión. Es cierto que la literatura, como el conocimiento en su conjunto, puede conducirnos a la desilusión, esto es, puede oponerse a la ilusión que la ideología dominante construye. Sin embargo, lo habitual es que la literatura, más que oposición, funcione como elemento de reconocimiento ideológico que facilita nuestra inserción en el sistema, enmascarando con un discurso aparentemente autónomo y puro el funcionamiento del capitalismo. De este modo parece que la literatura se construye como sinónimo de felicidad: la literatura ilusiona, pero suele hacerlo falseando la realidad.
     Aceptar los discursos literarios supone la mayoría de las veces asumir la ideología de nuestros explotadores. La literatura, por lo tanto, lejos de ser pura e inocente, y gozar de autonomía respecto a su historicidad y a la sociedad en la que se inserta, provoca el desclasamiento de sus lectores. El lector se desclasa no sólo porque, por medio de la lectura, hace suya la ideología de un texto que enmascara las contradicciones radicales de la sociedad en la que vive, sino también porque la literatura (o la cultura, en general) funciona como elemento de distinción social. En La insoportable levedad del ser de Milan Kundera se muestra de forma clara, por medio de su protagonista, el modo en que los lectores se reconocen y se identifican entre sí por medio de códigos literarios:

"El libro era para Teresa la contraseña de una hermandad secreta. Para defenderse del mundo de zafiedad que la rodeaba, tenía una sola arma: los libros que le prestaban en la biblioteca municipal; sobre todo las novelas: había leído muchísimas, desde Fielding hasta Thomas Mann. Le brindaban la posibilidad de una huida imaginaria de una vida que no la satisfacía, pero también tenían importancia para ella en tanto que objetos: le gustaba pasear por la calle llevándolos bajo el brazo. Tenían para ella el mismo significado que un bastón elegante para un dandy del siglo pasado. La diferenciaban de los demás" (Kundera, La insoportable levedad del ser, Barcelona, Tusquets, 2004, pág. 55).
La definición que el novelista checo hace de la literatura no puede ser más transparente, subrayando sus tres funciones ideológicas básicas: reconocimiento («hermandad secreta»), alienación («huida imaginaria de una vida que no la satisfacía») y distinción (como el bastón del dandy, «la diferenciaban de los demás»). Los tres procesos que se ponen en funcionamiento en la relación del lector con el objeto literario promueven su desclasamiento. En primer lugar, porque, por medio de sus mecanismos de reconocimiento y de distinción social, los lectores creen constituir un grupo –esa hermandad secreta de la que nos habla Kundera– que representa un oasis en medio de la vacuidad de nuestra sociedad de consumo. Se distinguen de quienes no tienen un paladar literario tan refinado, y se proclaman mesías salvadores de una cultura en peligro de extinción (recordemos los múltiples anuncios de la muerte de la literatura). Pero esta distinción no es sino falsa o imaginaria, porque no nos dividimos por lo que somos capaces de leer, sino por el lugar que ocupamos en una sociedad basada en la obtención de beneficios económicos a través de la plusvalía que generan los trabajadores. Los lectores, desclasados por llevar en el inconsciente el discurso humanista que les hace asumir que por medio de la literatura tendrán acceso a una vida mejor, tampoco escapan de la explotación. Pero duermen más tranquilos después de la lectura del endecasílabo sáfico que probablemente nunca les desvelará quién les extrae la plusvalía. 
     En segundo lugar, el lector que busca en la literatura una vía de escape de la realidad, un medio para vivir otras vidas que su propia vida le niega, no está sino asumiendo o asimilando el modelo de vida de una clase dominante que la propia literatura se encarga de sublimar. Porque, como nos recuerda Juan Carlos Rodríguez, la literatura de evasión de la prosa cotidiana es, en realidad, una forma encubierta de invasión de la ideología en la prosa cotidiana (Juan Carlos Rodríguez, De qué hablamos cuando hablamos de literatura, Granada, Comares, 2002, pág. 258). La literatura de evasión, desde el folletín histórico decimonónico hasta el best seller de la actualidad, es un eficaz aparato de propaganda de la inestabilidad: una vida de incesante emoción, de tortuosas y turbulentas aventuras y pasionales historias de amor, resulta posiblemente, para el lector inocente, más atractiva que su vida prosaica, y acaso estable, marcada por el ritmo impuesto por los horarios de la fábrica o la oficina. Esta literatura que, durante el periodo en que dura el ejercicio de lectura, conduce al lector a vivir una vida colmada de emociones, seguramente ha contribuido a crear el poso ideológico en el que la clase política se ve legitimada para afirmar que un puesto de trabajo fijo durante toda la vida conduce a la monotonía y al aburrimiento, y que es «más bonito cambiar y tener desafíos», como dijo el tecnócrata convertido en primer ministro italiano Mario Monti (Público, 2 de febrero de 2012).

Fragmento de David Becerra Mayor, Raquel Arias Careaga, Julio Rodríguez Puértolas y Marta Sanz, Qué hacemos con la literatura, Madrid, Akal, 2013,  págs. 21-22.

martes, 25 de febrero de 2014

Vídeo debate "Escribir en tiempos de crisis" @_quehacemos con la literatura

Vídeo del debate "Escribir en tiempos de crisis" alrededor del libro Qué hacemos con la literatura (Akal, 2013), escrito por David Becerra, Raquel Arias, Julio Rodríguez Puértolas y Marta Sanz.
El debate tuvo lugar en la librería La Central de Callao, Madrid, el 24 de febrero de 2014. Participan: Isaac Rosa, Marta Rivera de la Cruz, Rafael Reig, José Ovejero y David Becerra:



lunes, 24 de febrero de 2014

Escribir en tiempos de crisis. Debate en La Central de Callao

Debate alrededor del libro colectivo Qué hacemos con la literatura. Escribir en tiempos de crisis.

  • Lunes 24 de febrero
  • 19: 30h
  • La Central de Callao (Postigo de San Martin, 8)
  • Modera: Isaac Rosa. Participan: Marta Rivera de la Cruz, José Ovejero, Rafael Reig y David Becerra. 
Qué hacemos para construir un discurso disidente y transformador con aquello que hoy sirve para enmascarar la realidad y transmitir ideología: la literatura. La pregunta podría ser: ¿para qué sirve la literatura? Aunque quizás sería mejor: ¿a quién sirve la literatura? Frente a la concepción idealista de una literatura autónoma y al margen de las relaciones históricas, los autores afirman que no existe una escritura inocente, que toda literatura, incluso la más evasiva (quizás esta más que ninguna) contiene ideología. Para ello analizan el lugar de la literatura en el capitalismo, de qué manera puede servir para enmascarar la realidad, para velar las relaciones de dominación. Y desde ahí dar la vuelta al argumento, y pensar en una escritura que en vez de ocultar sirva para desvelar esas relaciones, y transformarlas. Una apuesta por la lectura crítica, consciente y disidente, frente al lector convertido en cliente por el mercado literario.

Qué hacemos es un colectivo editorial y de reflexión, formado por Olga Abasolo, Ramón Akal, Ignacio Escolar, Ariel Jerez, José Manuel López, Bibiana Medialdea, Agustín Moreno, Olga Rodríguez, Isaac Rosa y Emilio Silva. En la colección Qué hacemos han publicado ya 17 títulos, todos de elaboración colectiva en los que han participado activistas, colectivos sociales, periodistas, representantes políticos e investigadores universitarios, que analizan y elaboran propuestas sobre asuntos económicos, sociales, políticos y culturales.

jueves, 20 de febrero de 2014

Participación en el programa Enfoque de HispanTV

Enfoque de Hispan TV
Participación en el debate sobre el restablecimiento de las relaciones entre la UE y Cuba en el programa Enfoque de Hispan TV, presentado por Joaquín Mulen. Participa también la periodista cubana Elizabeth Noriega. Emitido en directo el martes 18 de febrero de 2014:Enfoque de HispanTV del martes 18 de febrero, sobre el restablecimiento de las relaciones entre la UE y Cuba. Presentado por Joaquín Mulén, participo junto con la periodista cubana Elizabeth Noriega.



martes, 18 de febrero de 2014

Un nuevo fantasma recorre Europa. De qué hablamos cuando hablamos de marxismo de Juan Carlos Rodríguez

Un nuevo fantasma recorre Europa

Un nuevo fantasma recorre Europa Se habla mucho de marxismo, pero la más de las veces difícilmente se sabe de qué se está hablando exactamente.


"Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo”. Con esta celebérrima frase iniciaron, en 1848, Karl Marx y Friedrich Engels el Manifiesto comunista. Pero, ¿y hoy?, “¿qué fantasma recorre hoy Europa?”, se pregunta Juan Carlos Rodríguez al inicio de su nuevo ensayo, De qué hablamos cuando hablamos de marxismo. Desde luego –se responde el autor– no es el del comunismo, sino el del capitalismo neoliberal.

Porque, en efecto, el capitalismo parece haberse convertido en un fantasma. No en balde cumple el requisito básico que debe caracterizar a un fantasma: es invisible, no lo vemos. Pero, ¿por qué no lo vemos? El capitalismo se ha hecho naturaleza, es nuestra vida, se ha convertido en nuestra piel y en nuestro inconsciente. Está dentro de nosotros. Y en consecuencia podemos ver sus efectos (sus guerras, su paro, sus recortes, su corrupción y su muerte), pues están delante de nuestros ojos a diario, pero somos incapaces de señalar con el dedo al capitalismo como la causa que los origina. Se ven los efectos pero no las causas. Luego, las consecuencias políticas son inmediatas. De este modo tan claro lo explica Juan Carlos Rodríguez en De qué hablamos cuando hablamos de marxismo:

“Si la infraestructura (o sea, las relaciones socio-económicas) se convierten en un fantasma evanescente, entonces nadie –y nunca jamás– va a hablar o a luchar contra el capitalismo en sí mismo, sino solo contra sus pequeños o grandes fallos o lagunas: contra los banqueros malos, contra los ejecutivos deshonestos, contra los jueces corruptos, contra los gobiernos aviesos, contra la Merkel déspota, lo que se quiera. No importa, puesto que el capitalismo es nuestra vida sin más y contra eso no se habla. Por eso decimos que hoy el capitalismo como tal, su infraestructura de explotación de vida, ha desaparecido, se ha evaporado de nuestro lenguaje de nuestro consciente/inconsciente cotidiano”.

Si el capitalismo se ha convertido en fantasma y por consiguiente no lo vemos, ¿cómo combatirlo? La respuesta parece clara: volviendo a hablar de marxismo. Porque solamente el marxismo es capaz de hacer visible lo invisible, de objetivar el capitalismo, de hacer sólido lo que se desvanece en el aire, de materializar el fantasma, de devolverle el cuerpo. Ya no basta con arrancarle al capitalismo el velo idealista que cubría sus relaciones sociales; más bien se trata de echarle el velo encima al fantasma, de cubrirlo con una sábana, para saber por dónde anda.

Pero, ¿cómo lograrlo?, ¿cómo hablar de marxismo hoy? De nuevo la respuesta parece bastante obvia: hablando desde la explotación y contra la explotación; pero más complicado resulta construir este discurso. Es ciertamente una tarea ardua hablar de marxismo, articular un discurso desde y contra la explotación, si tenemos en cuenta, como mínimo, las cuatro dificultades que se extraen del ensayo de Juan Carlos Rodríguez para hablar de marxismo hoy, cuando el fantasma de la explotación ha pasado a integrarse en nuestra cotidianidad.

La primera dificultad reside en el yo: si el capitalismo se encuentra en nuestro inconsciente, cambiar el capitalismo implica asimismo romper con nosotros mismos, con nuestra vida; y eso es tremendamente difícil, porque puede parecer fácil luchar contra el capitalismo, pero más complicado resulta luchar también contra nosotros. Porque, como decía Althusser, y Juan Carlos Rodríguez lo cita en su ensayo, “para cambiar el mundo de base (y junto a otras muchas cosas) es preciso cambiar, de base, nuestra manera de pensar”. El segundo obstáculo tiene que ver con la recepción del mensaje: porque quien hoy articula un discurso disidente está abocado al silencio, condenado al ostracismo. No en balde señala Juan Carlos Rodríguez en su ensayo dos citas muy bien atinadas; la primera, extraída de Galileo Galilei de Bertolt Brecht, dice: “Nadie puede ver mucho tiempo cómo dejo caer una piedra y decir que no cae (...) Pensar es uno de los mayores placeres del ser humano (...) ¿pero cuánto tiempo podré seguir hablando solo con las paredes? Esa es la pregunta”. La segunda cita pertenece a Góngora: “Gastar en Guinea razones / y cruces en Berbería”, es decir, y como glosa el propio autor: “si en el siglo XVII intentabas “predicar” en Guinea o intentabas colocar unas cruces entre los bereberes, evidentemente ya se sabía cuál iba a ser el resultado: te degollarían en cuanto empezaras a hacerlo”. Y esto es precisamente lo que ocurre hoy cuando hablamos de marxismo: porque quien posee los medios de producción de las palabras difícilmente habilitará un espacio, una tribuna de análisis o de opinión, a quien articule un discurso contrahegemónico. Al contrario, quien hable de marxismo terminará degollado o le dejarán hablando solo con las paredes.

La tercera dificultad que señala Juan Carlos Rodríguez en De qué hablamos cuando hablamos de marxismo tiene que ver con la aparición de un nuevo fantasma: el fantasma del estalinismo, siempre invocado por quien quiere desacreditar el marxismo y frente al cual, señala el autor, los marxistas tienen que estar constantemente justificándose. El cuarto y último obstáculo se encuentra en el lenguaje, en nuestro lenguaje, que suena anticuado y al que se le atribuye, con insistencia, su incapacidad para comunicar con la gente, lo que no puede leerse sino como un síntoma de que nuestro lenguaje se ha convertido en una acumulación de muertos vivientes. Hay que construir un lenguaje otro capaz de superar el capitalismo.

Con De qué hablamos cuando hablamos de marxismo, Juan Carlos Rodríguez trata de responder lo que el título de su ensayo anuncia. Porque se habla mucho de marxismo, pero la más de las veces difícilmente se sabe de qué se está hablando exactamente. Como Raymond Carver que observa que en su entorno todo el mundo habla de amor pero nadie sabe exactamente de qué hablamos cuando hablamos de amor, este ensayo tampoco pretende dar una respuesta definitiva sobre de qué hablamos cuando hablamos de marxismo, sobre qué es el marxismo. Su propio autor reconoce, en su introducción, que más que respuestas propone “preguntas y más preguntas”, y que estas no tienen más objetivo que “abandonar la ignorancia y los prejuicios y encender alguna luz sobre lo que significa –o puede significar– de hecho el marxismo como horizonte vital”. Un libro imprescindible que, sin duda, arrojará algo de luz y encontrará el lector más respuestas que las que el autor pretende ofrecer.

Y acaso también encuentre el lector alguna sábana con la que cubrir a este fantasma neoliberal que recorre hoy Europa. Porque con la sábana sobre su espectro seguro que esta vez el fantasma no se nos escapa.
David Becerra Mayor / Mundo Obrero, nº 269 (febrero, 2014), pág. 27.

lunes, 17 de febrero de 2014

Reseña de J. S. de Monfort sobre La novela de la no-ideología en FronteraD

La novela de la no-ideología. David Becerra y la literatura del capitalismo avanzado

J. S. de Montfort - 13-02-2014

Barridos –dispersos: desconcertados– por el Huracán
 (sí pero no islas: islas no)

Matías Escalera Cordero




1. Tal como nos recuerda el crítico literario David Becerra Mayor en su libro La novela de la no-ideología (Tierra de Nadie, 2013), el término ideología fue utilizado por primera vez en 1796 por el filósofo ilustrado Destutt de Tracy, en su obra Mémoire sur la faculté de pensé. Y nace “en consonancia con la lucha revolucionaria”, gracias a lo cual “se opone al idealismo metafísico que concebía la idea como entidad espiritual”. Entiende, pues, De Tracy la ideología como la “ciencia de las ideas”: un conocimiento que habría de servir para “hacer frente a la barbarie irracional de terror que se registró en los años de la Revolución”.  

Para Marx y Engels, sin embargo, y tal como lo expresan en La ideología alemana, la ideología dejará de ser ciencia y se convertirá en el objeto mismo de estudio, la cosa misma a explicar. Con ello, adquiere el concepto una connotación negativa y pasa a ser contextual; su misión: dotar a la realidad de una apariencia errónea que impide al hombre reconocerse tal cual es. En 1867, cuando se publique El capital, adquirirá el término un significado radicalmente distinto. Dirá entonces Marx que la ideología no proviene de la superestructura, sino que la distorsión epistemológica se origina en la base de la sociedad misma: en el seno de las prácticas sociales. O sea, en las relaciones de explotación. Y en tales relaciones ocupa un papel fundamental la mercancía, cuya dominación tiene que ver con que oculta “el verdadero funcionamiento de la producción capitalista”. Y es que “la forma mercancía devuelve a los hombres de manera deformada el producto de su trabajo”. Así, como decía David Harvey en su libro La condición de la postmodernidad, “todas las huellas de la explotación están borradas del objeto”.

 Esta circunstancia trae aparejada un proceso de reificación doble: implica, por una parte, que los objetos, al convertirse en mercancía, son imaginados como independientes de los hombres (tal que si estos no los hubieran creado) y que el hombre se convierte en cosa, ya que se constituye en una pieza más que interviene en el proceso productivo; en definitiva, que se deshumaniza su intervención en la creación del objeto. De esto se sigue que, en virtud de este fetichismo de la mercancía, las relaciones humanas aparezcan, como señalaba el crítico inglés Terry Eagleton, “de manera mistificada”. Y su consecuencia es que la sociedad se atomiza, se fragmenta, y deja de percibirse como un constructo humano. Dicho de otro modo, que el sujeto es incapaz de “comprender las causas de su alienación y de interpretar como propio el objeto de su trabajo”. A resultas de ello, las relaciones sociales se vuelven ideológicas.

Pero todavía existe una tercera acepción del término ideología en la tradición marxista y que surge en el contexto de la Segunda Internacional, nos recuerda David Becerra. Tiene, en este caso, una connotación positiva y se propone tal que “segunda ideología” o ideología de oposición al orden establecido. El marxista revisionista alemán Eduard Bernstein habría sido el primero en calificar esta oposición con el término “socialismo”, pero sería Lenin quien, en su obra ¿Qué hacer?, propondría la ideología socialista en oposición a la burguesa. Y su propósito sería el de favorecer que se desvelen los mecanismos que rigen la sociedad y así ayudaría esta ideología antinómica a que el individuo tome conciencia de clase. Sería su misión, pues, la de “descubrir el halo misterioso que borra las huellas de la producción y la explotación de la mercancía”.

Y esta es precisamente la ideología a la que se estaría refiriendo David Becerra en su libro, pero añadiéndole el matiz althusseriano. Así, se entiende (y a diferencia de Marx) que hay una connotación inconsciente (pre-reflexiva, pues) en el concepto de ideología, que esta (la ideología) es un sistema de representaciones que se imponen como estructuras en la forma de “objetos culturales percibidos-aceptados-soportados que actúan funcionalmente sobre los hombres mediante un proceso que se les escapa”. Como apunta Juan Carlos Rodríguez en su libro De qué hablamos cuando hablamos de literatura, la ideología “se convierte así en el aire que respiramos”.

A esta situación, analizada en el plano literario, la llama José Carlos Mainer, “la privatización de la literatura”, Pozuelo Yvancos prefiere hablar de “planteamiento egocentrista del propio material narrativo”, y Carlos Blanco Aguinaga lo denomina “subjetivismo acrítico”. En cualquier caso, podemos afirmar que, en estos relatos íntimos postmodernos a los que se referirá David Becerra en su libro, hay un exceso de sentimentalismo expresado por un yo irracional y que certifica, como sugiere Ramón Arcín, el salto del nosotros al yo. Son relatos que reproducen los postulados post-estructuralistas, en el sentido de que la realidad, en términos de totalidad, no puede aprehenderse y ello marca sus dos rasgos fundamentales: una incertidumbre radical y un subyugante escepticismo.


2. La identidad postmoderna, a diferencia de aquella del sujeto de la modernidad y que era consustancial al individuo, es una identidad flexible y moldeable y supone una creación del sujeto. Esto puede verse de una manera meridiana en Juegos de la edad tardía (1989), de Luis Landero. En ella, el protagonista, Gregorio Olias, un triste oficinista de vida gris, burocrática y prosaica, recibe un buen día una llamada que rompe la rutina de su trabajo. Se trata de Gil, un representante de la empresa en provincias y un hombre fascinado por la imagen mitificada de la urbe en la que vive Olías. Esta inesperada circunstancia le servirá a Gregorio Olías para operar su deseada transformación (recuperando así su deseo juvenil de ser poeta) y convertirse –pero solo en sus conversaciones telefónicas con el representante Gil– en el poeta e ingeniero Augusto Faroni.

La novela, en opinión de David Becerra, “exterioriza el modelo de sujeto flexible y su necesidad de realizarse como yo autónomo y plenamente individualizado”. También habla de la construcción del yo la novela Las edades de Lulú (1989), de Almudena Grandes. En ella, la protagonista, Lulú, es alguien que nunca ha tenido un espacio privado en el que construir su identidad (pues se ha visto obligada a compartir habitación con dos de sus hermanas) y utiliza el sexo como reducto de libertad; así, aprende a llevar la iniciativa, a tener capacidad de elección y a saciar sus fantasías y perversiones sexuales. Se da en la novela de Grandes lo que Becerra denomina el bautizo postmoderno: el sujeto reniega de sus raíces, considerando que la identidad empieza y acaba en sí mismo. Y el lugar donde acontece ese signo externo es en el cuerpo que funciona aquí como “proyección del individuo en la competencia del mercado erótico capitalista”. Esta idea de la identidad flexible puede verse también en otra novela de la misma época, El desorden de tu nombre (1988), de Juan José Millas. En ella, toda la trama gira en torno a la impostura y al deseo de usurpación de la personalidad del otro. Ante la imposibilidad del protagonista, Julio Orgaz, de usurpar la identidad del escritor Orlando Azcárate, no le queda otra que aniquilarlo, y lo hace a la manera postmoderna: eliminándolo profesionalmente.

La tragedia postmoderna, en lo que respecta a la construcción de la identidad, consiste en no poder decir yo-soy. Se produce entonces la frustración del yo ante lo que desea ser (y no consigue). La novela por antonomasia que representa esto es, en opinión de David Becerra, Héroes (1993), de Ray Loriga. En ella se describe “el sueño de un adolescente cuya única meta es triunfar en la vida”, pero contado por un sujeto que no ha triunfado en su empeño, es decir, un fracasado. La identidad del personaje no logra afianzarse, y su inestabilidad psíquica no es sino consecuencia, nos dice Becerra, de “la competitividad o microfísica del poder que domina la lógica del yo en el capitalismo avanzado”. Otro escollo que impide al individuo realizarse como sujeto plenamente individualizado es la familia. Esto se puede constatar en Corazón tan blanco (1992), de Javier Marías. En la novela del escritor madrileño se produce la aniquilación del yo-soy por medio de la unión conyugal, y se cifra en la pérdida de tres símbolos claros: la propiedad privada, el deseo y el secreto. El matrimonio, en su afán de burocratizarlo todo, crea un ámbito donde “los actos se repiten mecánicamente y donde todo parece responder a un orden planificado”.

Otra novela paradigmática que evidencia esta tragedia de no poder decir yo-soy es Una palabra tuya (2005), de Elvira Lindo. Rosario, la protagonista de la novela, es alguien que solo quiere ser “normal”, pero no lo consigue. Dice, sobre sí: “nadie quiere tener a su lado a un aguafiestas, aunque sea inteligente. Esa es la razón por la que yo siempre he estado sola”. La soledad, la falta de vínculos afectivos (de lo que se sigue que las relaciones sociales no pueden ser sino intrascendentes), representan aquí ese “lugar reservado para el otro aniquilado” por la lógica competitiva del capitalismo avanzado. La problemática de la identidad aparece también en Beatriz y los cuerpos celestes (1998), de Lucía Etxebarría, pero esta vez ligada a la cuestión de género. La protagonista busca su emancipación a través de la autoerotización o fetichización del cuerpo. Cultiva un cuerpo andrógino a través del ayuno y huye de su entorno para poder vivir libremente su bisexualidad.

La televisión, nos dice David Becerra, se ha convertido en el elemento que mediatiza los procesos de la construcción de las identidades de los sujetos del capitalismo y constituye un espacio sacralizado que contiene “una verdad unívoca”. Es el lugar donde se reconoce públicamente el sujeto postmoderno y la heroicidad hoy significa aparecer en ella (pero se trata de una heroicidad no desprendida ni comunitaria, sino egoísta). De ahí se sigue un concepto clave: la identidad mediatizada. Pero mediatizada no solo por la televisión sino también por la literatura, la música y el cine. Esto se ve, por ejemplo, en la novela Nunca le des la mano a un pistolero zurdo (1996) de Benjamin Prado, en la que se produce un proceso de quijotización del protagonista, Israel, ya que éste se acaba convirtiendo –y, al mismo tiempo, convirtiendo a su entorno– en aquello que había leído. Pero también sucede en Historias del Kronen (1994), de José Ángel Mañas, en la que los personajes de la novela quieren emular al protagonista de la novela de Bret Easton Ellis American Psycho. Una novela que habla (retroactivamente) de la imposibilidad de la heroicidad contemporánea es Beltenebros (1989), de Antonio Muñoz Molina. Se trata de una novela en clave policial y de tono jocoso en la que su autor “ridiculiza el funcionamiento de la lucha antifranquista en la clandestinidad” y privatiza el conflicto del protagonista que, por amor, se desentiende de la organización y esto se interpreta como una deslealtad. La subjetividad, como nos dice David Becerra, “pone de manifiesto la imposibilidad de combatir por las grandes causas”.

La naturaleza meta-literaria y que va en contra del carácter dialéctico y realista, aun racional, de la novela, es una de las características que mejor define la literatura postmodernista, en opinión de David Becerra. Ana M. Dotrás lo denomina “antirrealismo”. Y Pozuelo Yvancos se refiere a ella como una “versión, seria o paródica, de la literatura misma”. En definitiva, que todo texto postmoderno, tal como afirma Julia Kristeva, es definido en términos de su intertextualidad, pues se construye “como un mosaico de citas”. Uno de los recursos típicamente metaliterarios es la meta-ficción diegética, esto es, que el narrador se sitúa en el mismo nivel literario que los demás personajes de la historia. Ello permite mantener el efecto de realidad. Un ejemplo de novela que utiliza esta técnica es Las máscaras del héroe, de Juan Manuel de Prada. Vale la pena mencionar que esto tiene un efecto perverso. Nos lo dice así David Becerra: “si el texto que estoy leyendo yo-real está escrito por un yo-ficción, entonces, inmediatamente, esa ficción se traslada al plano de lo real”, lo cual implica que se rompe la ilusión ficcional y se sitúa todo al mismo nivel ontológico. O sea, que se pierde la noción de representatividad, puesto que lo que sucede en la ficción no es representación de la realidad sino apenas un mero “efecto de realidad” y, así, su veracidad no es cotejable; con ello, pierde su condición objetiva y total.
Una última característica de la novela postmoderna y que vale la pena resaltar es la concepción hermenéutica de la Historia. Considera, así, la literatura del capitalismo avanzado que la Historia no puede ser sino un relato “situado al mismo nivel simbólico que el discurso narrativo”. Esto implica un debilitamiento de la realidad y que el intento de escritura de la Historia se convierta necesariamente en un fracaso, ya que la Historia ha dejado de ser una y es ahora, según los postulados post-estructuralistas, la suma de todas sus interpretaciones. Dicho de otra manera: no existe una interpretación correcta de la Historia y, por lo tanto, toda interpretación es subjetiva, está mediatizada por el sujeto-historiador. Un ejemplo de novela que explicita esta relación problemática con la Historia, nos dice David Becerra, sería Soldados de Salamina (2001), de Javier Cercas. En ella, la mirada del escritor se devuelve a un pasado conflictivo y lo desideologiza, “mostrando sus tensiones políticas y sociales como meras pulsiones individuales”.

Como conclusión, diremos que en la mayoría de las obras literarias más representativas de la narrativa española contemporánea se ha producido una tendencia a difuminar las condiciones materiales e históricas de lo real, esto es, de todo aquello que constituye nuestra realidad real, que se supone que es lo que estas narraciones novelan, dado el abordaje realista de sus peripecias. Así, presentan una realidad a-conflictiva, en la que toda problemática queda reducida a un dilema individual o personal. Pero hemos de tener en cuenta que la literatura, y también la filosofía, el arte y la religión, como bien nos recuerda Ignacio Castro Rey, son necesarios para sobrevivir, “para sobreponerse a la vida, de por sí difícil, y a la crueldad añadida de esta magia negra llamada economía”.  No tomar en consideración lo real, “esa exterioridad mortal poblada de atrasados sin historia”, nos hace cada vez más ciegos, más impotentes, menos capaces: más vulnerables.



La novela de la no-ideología (Introducción a la producción literaria del capitalismo avanzado en España), David Becerra Mayor, tierradenadie diciones.



J. S. de Montfort (Valencia, España, 1977) es graduado en Estudios Ingleses por la Universidad de Barcelona, así como diplomado en Literatura Creativa por la Escuela TAI-Madrid. Forma parte del consejo editorial de la Revista Literaria Hermano Cerdo y es miembro de la AECI (Asociación Española de Críticos Literarios). En FronteraD ha publicado, entre otros, La utopía de internet. Rendueles y la sociofobia como nuevo nihilismo, Las hadas. El (post)feminismo despistado (o la refeminización de la pobreza)Dilemas de un alemán francófilo. Este es su blog

J. S. de Monfort, "La novela de la no-ideología. David Becerra y la literatura del capitalismo avanzado", publicado en FronteraD, el 13 de febrero de 2014: http://www.fronterad.es/?q=novela-no-ideologia-david-becerra-y-literatura-capitalismo-avanzado




sábado, 15 de febrero de 2014

Reflexiones y notas: Ventanas

Las ventanas han cambiado de lugar.
-Mira a ver si llueve -me grita desde la otra punta del pasillo.
En vez de asomarme a la ventana de la cocina o el salón, enciendo el smartphone y consulto la aplicación meteorológica. Anuncia chubascos.
Escepticismo radical. Crisis empirista. Como si no confiara en la experiencia visual, en lo que dictan mis ojos, miro la realidad a través de una pantalla.

David Becerra Mayor / Reflexiones y notas 


jueves, 6 de febrero de 2014

Crítica sobre #gentedecente de @MonederoJC publicada en @MundoObrero



Curso urgente de política para gente decente
de Juan Carlos Monedero (Seix Barral, 2013)

Te asomas al aula. Todavía no ha comenzado la clase. Pasa, no te quedes allí, te espeta el profesor desde su mesa. Venga, pasa. Cruzas el umbral de la puerta y pones el pie por primera vez en la clase. Intercambias alguna tímida mirada con los que serán tus compañeros, encuentras un pupitre libre y tomas asiento. Sacas unos folios y un bolígrafo. Levantas la cabeza y observas al profesor que sujeta una tiza entre los dedos. Os da la espalda y escribe en la pizarra el nombre de la asignatura: Curso urgente de política para gente decente. Y lo subraya.
            Así podría empezar el nuevo libro de Juan Carlos Monedero. Porque, en efecto, este ensayo que publica Seix Barral ha sido diseñado como un curso cuyo programa está compuesto por nueve lecciones asimismo acompañadas por nueve «tareas para pensar la democracia en casa». Hay que atender en clase pero también hacer los deberes en casa. No valen excusas, el profesor pasa lista.

            Curso urgente de política para gente decente es un libro que, como afirma su autor, pretende ser una «subversiva caja de herramientas» para «recuperar la política». No se trata de otra cosa: cuando el capitalismo ha secuestrado el Estado de Derecho y las decisiones que cambiarán el rumbo de nuestras vidas no se toman en la sede de la soberanía popular sino en los centros del poder financiero, cuando se cuestiona la legitimidad de la democracia y la política es desplazada en nombre de la eficiencia ejercida por órganos expertos y tecnócratas, cuando las palabras se tergiversan para enmascarar la realidad, entonces se hace urgente recuperar la política, re-politizar nuestra vida, esto es, reconocer el conflicto y asumir un papel protagonista en la construcción de nuestra sociedad.
            Juan Carlos Monedero insta a la gente decente a que participe en las batallas por el lenguaje, a que se reapropie de las palabras compartidas; a que se enfrente a quienes hacen de la información una mercancía y no un servicio público, y que conciben la libertad de información como un derecho exclusivo del periodista, cuando en realidad lo es del ciudadano; a que luche por nuestra memoria, porque no hay mejor manera de luchar contra el fascismo, el residual y el emergente, que rememorando nuestro pasado, todavía enterrado en las cunetas; a que apostemos por un «pesimismo esperanzado» que entienda que «la lucha contra la desigualdad es el principal sentido de la historia». Monedero apela a la gente decente para que se movilice y que su movilización sirva para que el miedo cambie de bando, sincronizando luchas, construyendo un «imaginario alegre», convirtiendo el esfuerzo de la indignación en voluntad política; para que dejemos de ser rehenes del cálculo económico; para que reconozcamos de manera urgente que la naturaleza no es una mercancía. Todo ello lo despliega Monedero en su ensayo por medio de ejemplos fácilmente reconocibles por la gente decente, exponiendo nociones básicas de la ciencia política a partir de comentarios de películas como El rey león, Batman, James Bond u otros referentes culturales, que desfilan por las páginas de este Curso urgente de política para gente decente junto a Marx, Gramsci, Gandhi, Montaigne o el «asustaviejas» Slavoj Žižek. Pero la aparente sencillez de su discurso, su tono ameno y aun didáctico, no está en absoluto reñido con la complejidad de sus análisis.
            Pero el ensayo de Juan Carlos Monedero también invita a la discrepancia. Tal vez late demasiado fuerte, casi hasta la taquicardia, una interpretación en exceso biologicista del sujeto, en la que subyace la teoría del espíritu humano, que siempre es igual a sí mismo a pesar de su evolución. Como si el sujeto no fuera radicalmente histórico, esto es, un producto de la Historia. Sin embargo, esta disconformidad no invalida ni mucho menos el ensayo de Monedero ni su potencial para cumplir con el propósito que persigue: recuperar la política. Es más, en estos tiempos de marasmo intelectual, a los que también hace referencia el autor en su ensayo, el hecho de que un libro invite al lector a discutir y que plantee la posibilidad de abrir un debate teórico serio en torno a la constitución del sujeto político, ya es, en sí mismo, un logro, y convierte de inmediato este libro en un instrumento necesario, imprescindible. Así que pasen, no se queden fuera, el Curso urgente de política para gente decente está a punto de empezar. 

David Becerra Mayor / Publicado en Mundo Obrero, nº 268 (enero 2014), pág. 27. 



martes, 4 de febrero de 2014

Ecuador y la Guerra Civil española

En la página "Audiovisual" he añadido mi crítica sobre el libro Ecuador y la Guerra Civil española. La voz de los intelectuales de Niall Binns (Calambur, 2013), emitida en el programa Con Cierto Sentido de Ramiro Díez, de Radio Sucesos de Quito, el 3 de febrero de 2014.


lunes, 3 de febrero de 2014

"Miguel Hernández, a pierna cambiada", publicado en @proyectoPanenka


Un pase en largo, en profundidad, que persigue ganarle la espalda a la defensa, deja al portero rival vendido, solo ante el peligro, ante la galopada del jugador de La Repartidora, que arranca desde la banda derecha.
Corre, Pelao, es tuya le grita el jugador que le brinda el pase.
            El campo de tierra, que impide que el balón circule con mayor velocidad, favorece al Pelao, que logra ganarle unos segundos, en su carrera, al balón. El Pelao, así apodado por su corte de pelo al rape, esprinta hasta la extenuación. Si llega, el gol está asegurado. El guardameta sale, asumiendo el riesgo que implica dejar su portería desprotegida, si el extremo se hace con el cuero antes que él.
Pero el Pelao no alcanza el balón.
Portada de la revista Panenka nº 18
 Lento, más que lento le increpan sus compañeros de equipo. Pareces una barbacha.
            A partir de este momento el Pelao pasará a llamarse el Barbacha, denominación de caracol de la huerta oriolana. El apodo se lo ganó a pulso con su lentitud en el terreno de juego. Aunque acaso otras veces también le llamarían por su nombre propio, Miguel Hernández. 
            Por fortuna, para el mundo del deporte y de la literatura, el joven Miguel Hernández no llegó a ese balón y supo aceptar sus deficiencias futbolísticas para suplirlas a tiempo por sus dotes poéticas. De este modo, y si bien nunca desistió en su intento, desde su posición de extremo derecho, de alcanzar pases en largo, Miguel asumió que su papel tenía que ser otro en La Repartidora, equipo de fútbol que fundó junto a otros muchachos de Orihuela con los que compartió adolescencia. Quien terminaría siendo uno de los más grandes poetas del siglo XX en lengua castellana, ejerció de secretario del equipo y fue quien se encargó de la composición de la letra del himno, sobre la música del chotis «Por la puerta de Alcalá». Decía así el himno de La Repartidora:

Vencedora surgirá,
Porque lo ha mandado el «Pa»,
La terrible y colosal Repartidora.
Por las calles marchará
Y el buen vino beberá
Porque siempre victoriosa surgirá.
En la tasca habrá que ver
La ilusión con que al vencer
Mostrará siempre en su cara lisonjera.
Todo el mundo la verá
Bulliciosa y «descará»
Porque siempre victoriosa seguirá.
Grande es la triunfal defensa,
El Rosendo y Manolé,
Pepe, Paco y el Botella,
Todos formidables, saben convencer.
Ya la Repartidora
Vence con gran poder
Mientras que el otro llora
Por no poder vencer.
Salta ya «Paná»,
Brilla el moscatel,
Que el vinillo está que parece miel.
Ya venció La Repartidora,
Su canción cantando va.
Surge clara y triunfadora
Con su voz sonora
Ya casi «apagá».

A partir de la composición, podemos extraer algunas conclusiones tácticas, como que La Repartidora jugaba con defensa de cinco, formada por Rosendo, Manolé, Pepe, Paco y Botella. Una especie de catenaccio avant la lettre donde se cierran filas con la presencia de dos laterales, dos zagueros centrales y un líbero sin obligación de marca. Decía el filósofo marxista italiano Toni Negri que el catenaccio constituyó la expresión futbolística de clase de los campesinos, que en la debilidad que les confiere una correlación de fuerzas desfavorable no tienen más alternativa que defenderse, con uñas y dientes, ante las ofensivas de un rival más fuerte y poderoso. Cuando uno carece del potencial armamentístico del enemigo, no hay mejor ataque que una defensa ordenada. Juntar líneas y potenciar el sentimiento de colectividad, de solidaridad hacia el compañero. La unión hace la fuerza. Su debilidad original agudiza su ingenio, compensando sus carencias técnicas con una estrategia perfecta. Pero a la vez que son más débiles son también más duros y fieros porque están hambrientos. Esa «triunfal defensa» de la que habla el himno bien puede representar la expresión espontánea de clase de La Repartidora. Porque sus jugadores, procedentes de familias humildes de origen campesino y por lo general mal alimentados, no podían sino encontrar en la defensa de cinco la mejor opción táctica ante las ofensivas de los equipos rivales formados por los hijos de la burguesía oriolana. Por eso, aunque la canción vierta, como metáfora del triunfo, el vino, el moscatel y la miel, tal vez no hubiera para los componentes del equipo, que carecían de una nutrición completa, mejor triunfo que el vaso de leche que Miguel Hernández les ofrecía algunas tardes después del partido. Así lo cuenta Vicente Sarabia, referido en el himno como el «Paná», en la entrevista que le realizó para su libro Pedro Collado, titulado Miguel Hernández y su tiempo:

Como teníamos formado un equipo de fútbol, [Miguel] nos decía que hiciéramos gimnasia para estar fuertes…, pero lo que nos faltaba a muchos era buena alimentación. Me acuerdo que muchas tardes nos daba vasos de leche que él mismo ordeñaba de las cabras de su padre.
Miguel Hernández, el segundo de abajo a la derecha.

Entre los rivales contra los que se enfrentaba La Repartidora, tenemos constancia de Los Yankes, equipo de la joven burguesía local, y El Iberia, compuesto por muchachos de la calle de La Acequia, situada al otro lado del río Segura que cruza y divide Orihuela. Sabemos de su existencia a partir de otra canción que compuso Miguel Hernández para ensalzar La Repartidora y exaltar la moral competitiva de sus futbolistas. La letra de la canción, escrita sobre la música de otro chotis, ahora del célebre «Pichi», decía así:   

Nadie
desde ahora en adelante,
ni el «Iberia» ni los «Yankes»
ni con sus líneas de ataque
ha de poder combatiros
ni el Orihuelal F. C.
¡Hurra!
Hurra los repartidores,
los mayores jugadores,
además de bebedores,
en Madrid como en Dolores,
en el campo ha visto usted.
Tráiganos ya,
para chutar
y «pa» marcar
el primer gol.
Nuestra delantera,
corta el bacalao.
Hay un medio centro
que no está jugao.
Para hacerlo bien
hay un interior
que en combinación
marca el primer gol.
¡Anda que te zurzan
ese calcetín,
que por la rotura
te vas a salir!
Tú eres «Yankes», para mí,
un suspiro en pantalón
y tú vas,
detrás de mí,
para chutar y marcar
el gol.
¡Anda que te zurzan
ese calcetín,
que por la rotura
te vas a salir!

Este fútbol de calcetines zurcidos, descrito por el poeta en su canción, transpira amateurismo y, como es obvio, carece de la profesionalidad que ostentaban otros equipos federados de la época. Estamos a finales de la década de los veinte. El fútbol todavía se encuentra en un estado primario en España. Llegado a la Península de la mano –o mejor: del pie– de los mineros ingleses que emigraron a Andalucía a finales del siglo XIX, el fútbol no se profesionaliza en España hasta 1929, año en que se disputa la primera edición del campeonato nacional o liga de fútbol. Aun así, el modo de describir la estrategia diseñada para batir la meta contraria, por medio de «hay un interior / que en combinación /marca el primer gol» denota la existencia de una voluntad de estilo futbolístico, de una intención de hilvanar jugadas para atravesar la línea de gol del equipo contrario, de una elaboración de juego que trasciende el simple y pedestre patadón pa’arriba y a correr dominante en las prácticas amateurs de este deporte. Aunque, claro, esto es literatura y, como se sabe, la literatura (casi) siempre miente.
Retrato realizado por Antonio Buero Vallejo
            Pasado el tiempo, y una vez Miguel Hernández ha empezado a hacer lo que de verdad sabe, escribir versos, le dedica una elegía a «Lolo, Sampedro joven en la portería del cielo de Orihuela». Se trata de Manuel Soler, portero del Orihuela Fútbol Club, a quien le llegó la muerte, a juzgar por la información que irradia el poema, tras golpearse con uno de los postes de su portería. No obstante, dicen los biógrafos, la muerte le sobrevino al guardameta por motivos distintos a los descritos, aunque Miguel Hernández prefirió atribuirle a Lolo una muerte futbolística, más épica y heroica, que hiciera justicia a lo que había sido en vida. Leamos un fragmento de «Elegía al guardameta»: 

[...] Fue un plongeón mortal. Con ¡cuánto! tino
y efecto, tu cabeza
dio al poste. Como un sexo femenino,
abrió la ligereza
del golpe una granada de tristeza.
Aplaudieron tu fin por tu jugada.
Tu gorra, sin visera,
de tu manida testa fue lanzada,
como oreja tercera,
al área que a tus pasos fue frontera.
Te arrancaron, cogido por la punta,
el cabello del guante,
si inofensiva garra, ya difunta,
zarpa que a lo elegante
corroboraba tu actitud rampante.
¡Ay fiera!, en tu jaulón medio de lino,
se eliminó tu vida.
Nunca más, eficaz como un camino,
harás una salida
interrumpiendo el baile apolonida.
Inflamado en amor por los balones,
sin mano que lo imante,
no implicarás su viento a tus riñones,
como un seno ambulante
escapado a los senos de tu amante.
Ya no pones obstáculos de mano
al ímpetu, a la bota
en los que el gol avanza. Pide en vano,
tu equipo en la derrota,
tus bien brincados saques de pelota.
A los penaltys que tan bien parabas
acechando tu acierto,
nadie más que la red le pone trabas,
porque nadie ha cubierto
el sitio, vivo, que has dejado, muerto.
El marcador, al número al contrario,
le acumula en la frente
su sangre negra. Y ve el extraordinario,
el sampedro suplente,
vacío que dejó tu estilo ausente.

Tras «Elegía al guardameta», las circunstancias obligaron a Miguel Hernández a escribir otras elegías. Es célebre, entre otras, la que lloraba la muerte de su amigo Ramón Sijé, «con quien tanto quería»; como también lo fue la que le compuso al poeta Federico García Lorca, fusilado en entre Víznar y Alfacar al poco de comenzar la Guerra Civil española, y la que le dedicó al combatiente cubano Pablo de la Torriente Brau, que murió con «una muerte serena» defendiendo la República del fascismo, codo con codo con Miguel Hernández, en el frente de Majadahonda.
            El desenlace de este partido es de sobra conocido. Quien empezó jugando de extremo derecho, desplazó su posición para arrancar, a pierna cambiada, desde la banda izquierda. Pero llegó la derrota sin apenas poder disputar los minutos de la basura. Encerrado en las cárceles franquistas, finalmente murió, como dijera Manuel Vázquez Montalbán, de tuberculosis y comunismo, el 28 de marzo de 1942, a las 5.30 horas de la mañana, en el Reformatorio de Adultos de Alicante. Ni el franquismo ni la enfermedad le concedieron una prórroga, ni siquiera la posibilidad de intentar la remontada en los tres minutos de tiempo añadido y acabar brindando por una nueva victoria de La Repartidora. 

David Becerra Mayor / Publicado en el número 18 de la revista Panenka (el fútbol que se lee), págs. 72-75.