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viernes, 19 de diciembre de 2014

Los crímenes del franquismo de Crónica Popular

Vídeo Presentación "Los crímenes del franquismo" de Crónica Popular
Ayer estuvimos presentando, en la Biblioteca Histórica Marqués de Valdecilla de la Universidad Complutense de Madrid, el suplemento de Crónica Popular, "Los crímenes del franquismo". Participaron Jaime Ruiz Reig, MªRosa de Madariaga, Mirta Núñez, Nicolás Sánchez-Albornoz y un servidor.

Un acto para recuperar la memoria histórica y literaria. 


El Quijote de Reverte

“Ningún chaval de 15 años debería leer el Quijote a palo seco”, aseveró Arturo Pérez-Reverte durante el acto de presentación de la adaptación “para jóvenes lectores” del Quijote que él mismo ha realizado –eliminando las digresiones, las tramas paralelas, modificando el léxico, etc.– y que publica Santillana en colaboración con la Real Academia Española.

La afirmación del autor de Alatriste funciona como la última bala disponible, y por lo tanto desesperada, en una batalla que creen perdida de antemano. Ante la llegada de los bárbaros, la civilización sólo puede retroceder un paso y hacerles una concesión: ofrecerles uno de sus textos más preciados, pero adaptándolo a sus limitaciones. Los bárbaros, esos “jóvenes lectores” a los que se les presume cierta incapacidad para leer el Quijote, podrán adentrarse al texto, al templo de la civilización, poco a poco, y sin hacer ruido, ya que se han apartado los obstáculos con los que podrían tropezar en el camino. De lo contrario, piensan aquellos que viven instalados en un Parnaso con acabados de lujo, nunca serán capaces de salir del barro.

Las palabras de Pérez-Reverte no son una ocurrencia, forman parten de cierto “sentido común” instalado en aulas y ministerios, de un debate recurrente, aunque no siempre las partes llegan al cuadrilátero con argumentos sólidos ni siquiera bien documentados. Es frecuente ver en los pasillos de los institutos a profesores debatir sobre si es conveniente leer en las aulas los clásicos de la literatura, que según parece poco interés suscitan entre el alumnado, y que más que fomentar la lectura la desincentiva; o si, por el contrario, es mejor dejar que sean los propios estudiantes quienes elijan sus lecturas, aunque entre sus predilecciones se encuentren las famosas aventuras de “exóticos vampiros enamorados, guapos, pero con cara de no tener muy buena salud” (que diría Marta Sanz). Ante este dilema parece que la Academia ha optado por gritar “Amputación o barbarie”: es preferible, como un mal menor, amputar a uno de los nuestros, a Cervantes en este caso, que regalar el espacio de la lectura a libros de cuestionada calidad literaria.

Sin embargo, el debate parte de una falsa oposición. No se trata de escoger un texto u otro, como si uno fuera válido y otro no. En mi opinión, no existe un texto difícil, sino preguntas adecuadas, bien o mal formuladas, sobre el texto que una clase se dispone a leer. No se trata tanto de adaptar el texto –en este caso, el Quijote– sino las preguntas que vamos a realizarle al texto. Evidentemente, sin un marco conceptual, histórico y cultural dado, resultará del todo imposible que un estudiante de secundaria pueda comprender qué hay detrás de los “duelos y quebrantos” que come don Quijote los sábados, como se observa en la primera página del texto cervantino (cosa que también le ocurre, dicho sea de paso a Nabokov, en su Curso sobre el Quijote, al desconocer la realidad histórica de la España de la época y ofrecer una alucinada interpretación sobre el gesto heroico de comer animales que murieron de muerte accidental). El no saber obtener la respuesta puede conducir al alumnado a la frustración y la frustración al abandono de la lectura. Pero si el profesor es capaz, una vez facilitadas las herramientas, de formular una pregunta que el alumnado pueda responder, inmediatamente pasará a la página siguiente, al capítulo siguiente, al libro siguiente. No se trata de cambiar el texto, sino de cambiar la forma de trabajar los textos.

Lo mismo puede ocurrir con las historias de vampiros. Es cierto que son novelas de consumo, más destinadas al ocio que al conocimiento, cuya lectura difícilmente invita al joven lector a acudir a un clásico de la literatura, sino a un libro de la misma factura. Sin embargo, son textos que, bien trabajados, pueden resultar de gran utilidad en las aulas. Se trata de buscar las preguntas adecuadas: ¿por qué nos gusta?, ¿solamente porque nos entretiene?, ¿cómo se construye el gusto?, ¿qué hace el texto con nosotros?, ¿cómo nos construye?, ¿qué valores reproduce y legitima?, ¿salimos siendo los mismos de la lectura?, etc.

Todo texto puede ser trabajado en clase. No es necesaria ninguna amputación, no hace falta limpiarlo ni darle esplendor. Aunque, bien mirado, todo depende si queremos trabajar sobre la realidad o sobre su artificio, lo cual es en parte muy quijotesco. Si la justicia poética existiera, don Quijote regresaría a la vida no para ser pastor, como era su último anhelo, sino para resumir en un solo volumen Las aventuras del capitán Alatriste y adaptarlas para un público adulto. Porque ningún chaval, una vez ha cumplido los 15 años, es capaz de leerlas.

David Becerra Mayor // La Marea (15 de diciembre de 2014). Fuente: www.lamarea.com/2014/12/15/el-quijote-de-reverte/

Cuando google encontró a Wikileaks


En la presentación en Madrid de su libro Cuando Google encontró a Wikileaks (Clave Intelectual, 2014), Julian Assange dijo, por videoconferencia, desde la Embajada de Ecuador en Londres, que el común de la gente concibe a Google como un Dios todopoderoso, implacable pero misericordioso. Es omnisciente, sigue todos nuestros pasos por la red, pero basta con ser buenos, con que no nos desviemos del camino marcado, para no recibir su castigo. La complejidad de Internet y el poco conocimiento que sobre él tenemos hace que parezca ante nuestros ojos como un ente metafísico. Incluso, como sucede con la religión, lo miramos con cierto escepticismo, ya que no lo vemos. Sin embargo, Google es muy real. Su poder, añadió Assange, es superior al que ha ostentado la Iglesia a lo largo de su historia: está mucho más centralizado y es más totalitario. “En Google todo está mediado por el centro de control, como si sólo el Vaticano existiese, como si cada persona tuviese contacto directo con un solo confesionario”, dijo el fundador de Wikileaks.

            Cuando Google encontró a Wikileaks empezó a gestarse, aunque su autor todavía no lo sabía, un día del mes de mayo de 2011. Assange se encontraba entonces bajo arresto domiciliario en Norfolk, una zona rural al nordeste de Londres, cuando recibió la visita de Eric Schmidt y Jared Cohen, director ejecutivo de Google y director de Google Ideas, respectivamente. Acudieron a Assange para entrevistarle. Para Assange esa entrevista suponía una oportunidad única para comprender –y acaso para influir sobre– la compañía más poderosa de la tierra. De aquella reunión nació The New Digital Age, un libro escrito por los dos directivos de Google, en el que Julian Assange no salía muy bien parado y sus palabras sufrieron tergiversaciones de todo tipo.
Cuando Google encontró a Wikileaks es, en parte, una respuesta al libro de Schmidt y Cohen. Assange rebate lo escrito con la transcripción literal de aquel encuentro que duró más de tres horas. Pero decimos «en parte» porque sería injusto considerar este libro sólo como una réplica. Cuando Google encontró a Wikileaks es mucho más que un ajuste de cuentas: es un riguroso análisis del punto de intersección entre el poder global de Estados Unidos y las corporaciones estadounidenses de tecnologías; o más concretamente, dando el nombre exacto de las cosas: entre la Casa Blanca y Google.
Wikileaks demostró que Internet se estaba convirtiendo en un lugar peligroso para el poder establecido. Como dice Assange en su libro, «Internet estaba sufriendo una rápida transformación, pasando de ser un apático medio de comunicación a una especie de demos, un pueblo que compartía cultura, valores y aspiraciones, un lugar en el que tenía lugar la historia, con el que sus habitantes se identificaban y del que incluso sentían que procedían». El 15M en España o Occupy Wall Street en la capital financiera del mundo son un claro ejemplo de la capacidad de convocatoria, de movilización social, que pueden tener las redes sociales. Al poder se le hacía urgente descubrir quién había detrás de las pantallas y Estados Unidos empezó a establecer alianzas con el poder tecnológico que representaba Google, una corporación con capacidad para recopilar más datos e información que la propia NSA (Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos).
Google se convirtió en un emisario de Washington, en un disimulado cuerpo diplomático, cuya función era construir, desde las redes, la imagen de una sociedad civil que se organiza de manera autónoma –y al margen de los partidos políticos– para manifestar los intereses de la ciudadanía (pero con el apoyo de oscuras ONG y la financiación política de millones de dólares). Google tenía que vigilar los movimientos sociales que empezaban a emerger desde la red, potenciarlos cuando se opusieran a gobiernos enemistados con Estados Unidos, o bloquearlos cuando constituyeran un movimiento de oposición contra sus aliados. No es casualidad, como se muestra en el libro, que a Cohen se le haya podido localizar en Egipto en algún momento de la revolución, en Afganistán en 2009 o en Líbano, donde «trabajó en secreto para crear e instaurar un rival intelectual y clerical de Hezbolá, la Liga Chiíta». Google realizó tareas de «diplomacia encubierta», «haciendo cosas que ni siquiera la CIA estaba en condiciones de hacer».
Google forma parte de nuestra vida, se ha convertido en un orweliano Gran Hermano que todo lo mira. «Su logotipo, colorista y juguetón, está impreso en las retinas de casi seis mil millones de visitantes diarios», dice Assange. Nuestra vida –nuestras búsquedas, nuestros gustos, nuestras amistades, nuestras ideas políticas, todo– puede ser  rápidamente transferido desde Google a la Casa Blanca. Assange nos alerta de que somos demasiado tolerantes ante este ataque a nuestra privacidad, quizá porque no somos del todo conscientes de lo que ocurre en Internet. Pero, como apunta el fundador de Wikileaks, ha llegado la hora de buscar alternativas, y anima a América Latina a que, como Rusia y China, construyan otras redes que escapen de la red –nunca mejor dicho– del poder global de los Estados Unidos. «Si el futuro de Internet es realmente Google, mucha gente de todo el mundo [...] debería empezar a preocuparse seriamente por buscar una alternativa a la hegemonía cultural, económica y estratégica de Estados Unidos», concluye Julian Assange.
Cuando Google encontró a Wikileaks es un libro que da miedo. Podemos optar por vivir dándole la espalda al miedo, ignorando su existencia, o enfrentarnos al miedo, tomando conciencia de su poder real, y empezar a construir alternativas. El libro de Julian Assange es una apuesta por lo segundo.   

David Becerra Mayor // El Telégrafo, 16 de diciembre de 2014. Fuente: http://www.telegrafo.com.ec/cultura/medios/item/assange-se-concibe-a-google-como-un-dios.html 

jueves, 18 de diciembre de 2014

Articulando el pesimismo. Notas para un cambio en la política cultural



Walter Benjamin vivió tiempos oscuros poco dados a la celebración del optimismo, pero tampoco se trataba de claudicar, de rendirse ante la fatalidad. Benjamin apostaba por la articulación del pesimismo. Se trataba de canalizar las malas vibraciones de la época en torno a un proyecto político emancipador, capaz de combatir el fascismo y el capitalismo que lo generaba. Nuestros tiempos difieren de aquellos que sufrió Benjamin, ya que por el momento no huimos del nazismo para encontrar la muerte en Portbou. La crisis nos azota, pero no todo está perdido, hay espacios para la lucha, para la resistencia e incluso para la construcción del cambio. Y en el ámbito de la cultura, también. Solamente es necesario no caer en el pesimismo, sino articularlo políticamente.
            Para construir una política cultural distinta a la que promueve el modelo capitalista, resulta indispensable no errar en el diagnóstico. Hay que reconocer los problemas existentes para alcanzar resoluciones concretas. Y uno de los grandes escollos a los que nos tenemos que enfrentar, a la hora de construir una política cultural crítica y en libertad, es la concentración del capital editorial. Si acudimos a los datos comprobaremos de inmediato que cada vez se encuentra en menos manos la decisión entre lo que se puede y no se puede leer: en 1984 cerca del 50% de lo que se publicaba en España lo controlaba el 3,5% de las editoriales, y en 1998, de los 425.000 millones de pesetas que facturaba el sector editorial, 115.000 millones pertenecían al Grupo Planeta. No hay libertad de expresión cuando el poder se encuentra tan concentrado. Si democracia es repartir el poder, el ámbito editorial –tal y como está construido– se comporta de una manera muy poco democrática. Y si la función del Estado es hacer llegar la democracia donde no la hay, una primera resolución de política cultural tendría que pasar, obligatoriamente, por romper la tendencia monopolística del sector editorial en España. De lo contrario, se resentirá la salud semántica de este país.
            Una política cultural debe oponer resistencia a la mercantilización de la cultura. No podemos dejar que sean grandes multinacionales, cuyo sector no es precisamente el cultural, quienes gestionen la cultura. En los últimos años hemos asistido al bochornoso espectáculo de ver cómo marcas de helado han pasado a programar la cartelera de uno de los teatros más emblemáticos de Madrid o cómo las marcas de cerveza rebautizan las salas de conciertos, marcando su agenda. Si la cultura depende de la buena voluntad de las multinacionales, de la vocación altruista de un mecenas, difícilmente podremos construir una cultura crítica y en libertad.
            Por esta razón, es urgente desvincular la cultura de un entramado económico que, lejos de liberarla, la asfixia. Hay que rescatar la cultura de un modelo que solamente entiende la cultura ligada a los macro-eventos. En el capitalismo español, las inversiones en cultura han estado vinculadas al pelotazo inmobiliario y urbanístico. Al tiempo que la política del pelotazo construyó aeropuertos sin aviones y trenes sin pasajeros, se construyeron también bibliotecas sin libros y cines y teatros sin espectadores. Hay que modificar de raíz esta dinámica potenciando la cultura de base, transfiriendo las competencias en cultura a los centros sociales y culturales de barrios de pueblos y ciudades para que la ciudadanía no sea únicamente un receptor –o consumidor– de la cultura que hacen otros, sino que se convierta en productor cultural, se empodere a través de la cultura.   
Una crisis de régimen, como la que hoy vivimos, no sólo se traduce en una crisis económica y política, sino también en una crisis de los significantes en torno a los cuales había existido un consenso. La crisis ha vaciado de sentido esos significantes y es nuestra tarea reconstruirlos. Y uno de esos significantes es el de cultura. Tenemos que resignificar la palabra cultura, construir un nuevo significado que nos aparte de la lógica mercantil destinada al ocio y al espectáculo en que se había convertido con el capitalismo. Tenemos que volver a plantearnos qué entendemos por cultura para construir una cultura con potencial político y crítico, que no renuncie a intervenir en la plaza pública, que ejerza su derecho ciudadano de formar parte del debate, de la discusión, del disenso. Decía el poeta ecuatoriano Jorgenrique Adoum que la literatura se ha convertido en una niñera cuya función es hacernos dormir, es entretenernos cuando no trabajamos, como si cuando no estamos produciendo alguien tuviera que cuidar de nosotros, no vaya a ser que nos pusiéramos a pensar y a querer cambiarlo todo. Hay que construir una cultura distinta, otra, una cultura que en vez de conciliarnos el sueño, nos despierte del letargo.
Pero a la vez, cuando planteemos una nueva política cultural para tiempos nuevos, tenemos que reflexionar sobre el lugar que deberán ocupar los productores culturales en una sociedad post-capitalista. Se hace imprescindible diseñar un nuevo escenario donde no sólo una pequeña minoría de los productores culturales logre vivir de su trabajo y donde el resto tenga que compatibilizar un trabajo remunerado con su vocación artística o cultural. Ya decía Ángel Rama en un artículo titulado “Diez problemas para el novelista latinoamericano”, publicado en la revista cubana Casa de las Américas, en 1964, que los escritores, debido a la escasa remuneración de su trabajo como escritores, tenían que desarrollar otras actividades laborales, cumpliendo “en forma doble su contribución a la comunidad a la que pertenece”. Para evitar que los trabajadores culturales contribuyeran doblemente a la sociedad, Rama hablaba de la necesidad de reubicar a los profesionales de la cultura, remunerando su trabajo creativo a tiempo completo. De este modo, se impediría que los escritores se convirtieran en “écrivains de dimanche” y que, en consecuencia, su obra se tuviera que ver salpicada por “el apresuramiento, la improvisación, la falta de tensión y de rigor”, al “trabajar sobre la fatiga”. Ángel Rama estaba reclamando un nuevo lugar para los productores culturales, un lugar donde se reconociera que por medio de su trabajo artístico se estaba ya contribuyendo a la comunidad, sin tener que realizar otras tareas para lograr un sustento de vida. Es nuestra tarea encontrar/construir ese nuevo lugar.
Decía Hugo Chávez que si la naturaleza fuera un banco ya lo habrían rescatado. Lo mismo podemos decir de la cultura. Pero nadie va a venir a rescatar la cultura. Por este motivo, nos corresponde a nosotros emprender la tarea. Es ya urgente un plan de rescate de la cultura y de protección de los productores culturales. Parecen malos tiempos para la cultura, pero no nos dejemos caer en el pesimismo, articulémoslo políticamente. Empecemos. Manos a la obra. 




David Becerra Mayor // ADE Teatro. Revista de la Asociación de Directores de Escena de España, nº 125 (diciembre, 2014). págs. 8-9. Fuente: http://www.adeteatro.com/

lunes, 8 de diciembre de 2014

Nos quieren en soledad, nos tendrán en común



Volanderas de Víctor García Antón 
(Tres rosas amarillas)

No hay cronotopo. Podría suceder en cualquier lugar y en cualquier momento. Lo mismo en una sociedad futura, en la que se ha iniciado un proceso de transformación post-capitalista, donde la democracia funciona como un instrumento ciudadano, aunque pudiera ser también una de las plazas que, a lo ancho de la geografía española, se ocuparon el 15-M, o incluso el relato podría conducirnos a finales de la década de los sesenta cuando se constituyeron los movimientos vecinales en el antifranquismo. Tampoco hay protagonistas y el tono de la narración recuerda un acta redactada tras una reunión. No es un relato coral, sino colectivo.

Volanderas de Víctor García Antón está compuesto por un conjunto de textos que cuentan cómo se va construyendo un colectivo, cómo van organizándose a medida que van aprendiendo a vivir de otra manera, adaptando sus intereses individuales al bien común; pero Volanderas muestra también el modo en que este sujeto colectivo se va narrando a sí mismo en oposición a los otros, a aquellos que habitan en los barrios altos, donde acuden a veces a recoger de sus basuras mobiliario para su local. Por medio de la lectura vemos una comunidad recuperando la ciudad, conquistando espacios, organizando talleres en los descampados, empoderándose, tomando decisiones sobre aquello que les rodea y les afecta. Debatiendo, consensuando. Argumentando si conviene iluminar el parque infantil con una hilera de bombillas de colores o si es preferible gozar de la oscuridad para seguir contemplando las estrellas. Nada es ajeno a la toma de decisiones colectivas.

Pero no están solos en el mundo. Afuera, en los márgenes de sus espacios liberados, sigue existiendo la hostilidad. Sufren incursiones de bandas juveniles que, como nunca encuentran nada de valor, deciden destrozarlo todo. Las autoridades acuden al lugar para investigar lo ocurrido. Y como tampoco encuentran nada, también deciden destrozarlo todo. No sabemos a quién obedece la autoridad, pero parece que siempre interviene en contra de las necesidades del protagonista colectivo de Volanderas, alzando alambradas para aislarlos, para impedir que contacten con los otros barrios, o bien promoviendo desalojos vecinales.

Por medio de la cita que se hizo célebre en el Patio Maravillas, “Nos quieren en soledad, nos tendrán en común”, Volanderas nos habla de la solidaridad cotidiana que nace en un barrio habitado por unas personas que han decidido que no quieren vivir nunca más solos, que saben que no hay vida más plena que la que surge de los lazos, de los vínculos afectivos, que establecen con sus vecinos, con sus iguales. Volanderas es un cántico a la comunidad, aunque haya quien todavía quiera hacer caso omiso al colectivo: “Pensábamos que las hojas volanderas eran útiles para los vecinos y queríamos saber por qué ellos no las leían. ‘¿No os interesan?’, preguntamos. ‘Para el fuego’, dijeron”. Si al menos no sirven para elevar su conciencia, al menos las volanderas les sirven para protegerles del invierno. Como la literatura.

David Becerra Mayor // Publicado en Mundo Obrero, nº 279 (diciembre, 2014)

miércoles, 3 de diciembre de 2014

La guerra que no nos contó Hollywood

Sobre El mito de la guerra buena de Jacques R. Pauwels  (Hiru, 2002)

Este libro no es exactamente una novedad, pero ya advertimos que este viaje lo íbamos a emprender sin consultar horarios. Nuestro imaginario sobre la Segunda Guerra Mundial se nutre esencialmente de imágenes y escenas procedentes de las grandes producciones cinematográficas de Hollywood. Lo mucho o poco que sabemos de aquellos años que asolaron el mundo aparece siempre mediatizado –interferido, acaso– por las narrativas proyectadas en la gran pantalla. Hollywood ha impuesto el relato de la Segunda Guerra Mundial.

El desembarco de Normandía, el día D, se representa como el punto de inflexión de una guerra a la que han acudido los norteamericanos para salvar a Europa del nazismo. El soldado americano, que extraña a su familia, a la que siente muy lejos, pisa el suelo del Viejo Continente con gesto de héroe, al intervenir en una guerra que no es la suya, pero que por imperativo moral, movido por su altruismo, se ve forzado a participar. Y a vencer. En la escena final, EEUU alza la bandera de la victoria, como el ejército que ha liberado Europa. Este es el relato que sobre la Segunda Guerra Mundial ha construido EEUU y que la industria cinematográfica de Hollywood, como buen aparato de propaganda, se ha encargado de popularizar.

Claro que en él quedan lugares oscuros sobre los que arroja luz el historiador Jacques R. Pauwels en El mito de la guerra buena. La presencia de EEUU en la Segunda Guerra Mundial difiere del mito. En primer lugar, su participación es tardía, ya que en un inicio ni siquiera tenía claro quién iba a ser su enemigo. EEUU elegiría su enemigo de quien saliera más debilitando de los enfrentamientos entre nazis y soviéticos. Nunca descartó una alianza con Hitler. De hecho, cuando finalmente se alía con la URSS, la oligarquía norteamericana, abiertamente filofascista y con importantes negocios en marcha con la Alemania nazi, cree que su país se ha equivocado de enemigo.

Lo cierto es que ni la entrada de EEUU en la guerra fue determinante ni el desembarco de Normandía marcó un antes y un después en la victoria de los aliados. Cuando EEUU entra como fuerza beligerante en el conflicto lo hace porque ve como muy probable el peor de los escenarios jamás imaginado: que la URSS surgiera de la Segunda Guerra Mundial como el único vencedor del nazismo. Un escenario que dejaría a los norteamericanos en una posición geopolítica nada favorable. Del mismo modo, Pauwels señala que “el propósito del desembarco en Normandía era permitir a los aliados occidentales llegar a Berlín antes que el Ejército Rojo”. Y añade que el triunfo de esa batalla tampoco dependió en exclusiva del potencial militar estadounidense, sino de una ofensiva soviética que impidió que los alemanes transfirieran tropas desde el frente del este hasta Francia. Nada de heroicidades ni altruismos. Este es sólo uno de los episodios referidos, y aclarados, por Jacques Pauwels en El mito de la guerra buena. Un libro imprescindible para disputar el relato de la Historia. Para historiadores y para quienes no quieren que les roben el pasado. Para quienes no quieren que les sigan contando películas.

David Becerra Mayor // Publicado en La Marea, nº 21 (noviembre, 2014), pág. 61.

viernes, 28 de noviembre de 2014

X aniversario del Alba. Programa Enfoque de HispanTV

Este 14 de diciembre se van a cumplir diez años desde la fundación del ALBA. El programa Enfoque de HispanTV está dedicando algunos programas a este importante aniversario.
En el programa de ayer compartí mesa con la economista venezolana Rosario Gomez Carrasquel.
Aquí el vídeo:


sábado, 22 de noviembre de 2014

Miguel Hernández. Del fascismo al comunismo


MIGUEL HERNÁNDEZ
DEL FASCISMO AL COMUNISMO
David Becerra Mayor
 [Biblioteca Crítica, nº 45]
Madrid, Ediciones del Orto / Universidad de Minnesota, 
2014, 96 páginas
I.S.B.N.: 84-7923-508-X PVP 8 €

La obra de juventud de Miguel Hernández poco tiene que ver con aquella que, acaso por justicia poética, ha perdurado en el tiempo y en nuestra memoria. Sus versos escritos en el frente de batalla, arengando a los soldados y reivindicando el valor del trabajo de los campesinos sobre el beneficio de los amos ociosos, o los poemas escritos en las cárceles franquistas, distan mucho de parecerse a su obra escrita entre 1930 y 1934. En este periodo, su poesía transpira «demasiado olor a iglesia» y a «tufo sotánico-satánico », como le diría Pablo Neruda. Quien terminaría siendo uno de los más insignes poetas comunistas y ferviente defensor de la República durante la Guerra Civil española, tomando ora la pluma, ora la espada –o mejor dicho: el fusil–, durante su juventud escribió y publicó versos de inspiración católica e, incluso, podríamos afirmar, de tendencia filofascista. Pero, ¿a qué se debe este cambio? ¿Podemos hablar de evolución o es más pertinente hacerlo de ruptura? Porque, ¿cómo es posible que quien muriera defendiendo sus ideales republicanos y aun comunistas, estuviera tan próximo al fascismo en sus inicios poéticos? Resultará imprescindible estudiar a Miguel Hernández en su radical historicidad.
 
ÍNDICE
I. CUADRO CRONOLÓGICO 5
1. Bio-bibliografía de Miguel Hernández 6
2. Acontecimientos literarios y culturales 10
3. Acontecimientos históricos, políticos y sociales 11
II. MIGUEL HERNÁNDEZ, DEL FASCISMO AL COMUNISMO 13
1. Miguel Hernández en su radical historicidad 14
2. El fascismo de Miguel Hernández 19
3. El comunismo de Miguel Hernández 32
4. La desideologización de Miguel Hernández. Balance de un centenario 41
III. SELECCIÓN DE TEXTOS 53
IV. BIBLIOGRAFÍA 91

miércoles, 19 de noviembre de 2014

"Las cruces sobre el agua" de Joaquín Gallegos Lara

La escena es propia de un capitalismo periférico y subdesarrollado: un sector primario improductivo e ineficiente, anquilosado en antiguas técnicas de explotación de la tierra, expulsa del campo a los trabajadores que, para ganarse la vida, acuden en masa a las ciudades en busca de un futuro mejor. Sin embargo, el capitalismo no ha concluido el desarrollo de sus fuerzas productivas y es incapaz de absorber al nuevo proletariado que vive hacinado en las casuchas y covachas que se improvisan en los arrabales de las ciudades. De este desajuste nace el mundo del hampa, el lumpemproletariado: hombres y mujeres sin más posesión que sus manos y que no tienen nada más que vender que su propia vida, su cuerpo, su fuerza de trabajo. Pero no hay nadie que se los compre.

En este ambiente viven los protagonistas de la novela Las cruces sobre el agua, de Joaquín Gallegos Lara, publicada en 1946. Por sus páginas desfilan personajes muy diversos. No es una novela coral, más bien colectiva, donde las distintas voces terminan confluyendo el 15 de noviembre de 1922. La novela de Gallegos Lara retrata la vida de violencia y miseria en la que viven personajes como Margarita, obligada por su marido a ejercer la prostitución; como la cigarrera Leonor, que regresa a casa con los olores del tabaco adheridos a su cuerpo; como los trabajadores de la herrería, que no saben si hacerle una huelga al patrón Mano de Cabra o darle su merecido en forma de apaleamiento; como el Loco Becerra, el cacaotero que decide tomarse la justicia por su mano cuando descubre que su mujer se acuesta con el gordo Fantasía, el cobrador del arriendo, para cancelarle los recibos de los 6 meses de retraso; o como el panadero, Baldeón, que sufre la peste bubónica y que se muestra reticente a ser llevado al hospital, porque allí muere la gente: la idea del progreso y la modernidad no forma parte de las vidas de los invisibilizados por la sociedad, que solamente acude a su rescate cuando su enfermedad puede extenderse por los barrios ricos.
Estos son algunos de los personajes que habitan las páginas de Las cruces sobre el agua, de Joaquín Gallegos Lara, pero sobre todos ellos sobresalen sus dos verdaderos protagonistas: Alfredo Baldeón y Alfonso Cortés. Si el primero toma conciencia de clase en el ejercicio de distintos oficios, desde panadero hasta herrero, pasando por soldado en Esmeraldas, el segundo puede acudir al colegio Rocafuerte, gracias al esfuerzo de su familia, y construir un discurso político desde el conocimiento y la cultura. Una escena infantil define a Alfonso: mientras los otros muchachos empapelan sus cometas con banderas francesas o alemanas, nuestro protagonista lo hacía con la bandera de Ecuador. Los muchachos se ríen de su bandera que, aunque “es la de nosotros”, como dice Alfonso, ellos siguen cuestionándola: “¿Y eso qué hace? ¿Qué guerras ha ganado, qué ha hecho, qué es el Ecuador?”. Alfonso no sabía qué contestar, pero seguía empapelando sus cometas con el color de la bandera nacional “con una mezcla de humillación y orgullo”. La suma de la conciencia de clase de Alfredo y el amor por “las palabras pueblo y libertad [que Alfonso] aprendió en los libros de Montalvo”, la clase y la nación, constituyen la base del pensamiento revolucionario ecuatoriano.

Era preciso empezar a cambiar las cosas. Era imprescindible construir un nuevo mundo que no obedeciera al diagnóstico que Alfonso ofrece de su realidad circundante: “una tierra en la que reina el hambre y la muerte, donde aspirar a ser feliz es una canallada”. Y llegó el 15 de noviembre. Y, como se dice en la novela, “todo Guayaquil, menos los ricos” salió a la calle a protestar, a exigir que para ser feliz no fuera necesario robar a los demás. La precariedad compartida de todos los personajes de Las cruces sobre el agua, su rabia y su indignación se canalizan a través de su participación en la huelga general.
La protesta del pueblo fue asfixiada por la represión policial que culminó en masacre. “No son ladrones ¿sabe? Es el pueblo”, dice una voz a quienes empuñan las armas. Pero dispararon y murieron centenares de personas. Y cuando se restableció el orden -lo que la clase dominante llama orden- volvieron los días “de la esclavitud y el hambre”. Muchos perdieron la vida. Sin embargo, sus muertes no serían en vano, porque la lucha y los muertos “quedaban grabados como la mordedura del hacha en el tronco del guayacán: los lustros ampliarían su huella en las capas de los nuevos años”. La recordación de los muertos traerá nuevas luchas que harán caer el tronco. Basta con no olvidar, con mantener su lucha en la memoria.

Después de la masacre, Alfonso abandona Guayaquil. Pasan algunos años y decide regresar. Se asoma al Guayas y por el extremo de los muelles ve aparecer un grupo de cruces negras, que “se erguían, flotando sobre boyas de balsa. Eran altas, de palo pintado de alquitrán. Las ceñían coronas de esas moradas flores del cerro, que se consagran a los difuntos”. ¿Qué significan esas cruces?, le pregunta a un zambo cargador: “¡Ahí adebajo, de donde están las cruces hay fondeados cientos de cristianos, de una mortandad que hicieron hace años. Como eran bastantísimos, a muchos los tiraron a la ría por aquí, abriéndoles la barriga con bayoneta, a que no rebalsaran. Los que enterraron en el panteón, descansan en sagrado. A los de acá ¿cómo no se les va a poner la señal del cristiano, siquiera cuando cumplen años?”. Alfonso, entonces, cae en la cuenta de que es 15 de noviembre. ¿Quién pone las cruces?, pregunta. “No se sabe: alguien que se acuerda”.

No se sabe: alguien que se acuerda. Del mismo modo que la lucha se diluye en lo colectivo, la memoria de quienes lucharon no la custodia un individuo concreto. En ese “alguien que se acuerda”, indefinido, late la voz de un pueblo que igual que se enfrentó a la injusticia, se enfrenta ahora a quienes quieren borrarlos de la historia. De su lucha saldrán nuevas luchas y de su memoria habrá de germinar un mundo nuevo. Porque quizá, como termina la novela, “esas cruces eran la última esperanza del pueblo ecuatoriano”.



David Becerra Mayor // Publicado en El Telégrafo (16 de noviembre de 2014), pág. 9. http://www.telegrafo.com.ec/politica/item/las-cruces-sobre-el-agua-3.html

martes, 18 de noviembre de 2014

La miseria no forma parte del folclor. El betunero de Nebot

Una vez desencadenada la polémica alrededor de la estatua del niño betunero de Guayaquil, con la que se fotografió con gesto complaciente el alcalde Nebot hace unas semanas, lo más sorprendente fue sin duda el modo con que la derecha pretendió legitimar la construcción de la misma. Para responder a la crítica del presidente Correa –“la miseria y la explotación no forman parte del folclor”–, la derecha trató de defenderse con unos pobres argumentos que, sin embargo, tenían algo de verdad, pero mucho de tergiversación.
Parecía como si de pronto la derecha se hubiera puesto a leer a Brecht, y aun a Lukács, para reivindicar un arte proletario. Sus argumentos parecían bien traídos: la escultura constituía, decían, un homenaje a la historia de los guayaquileños que, contra la adversidad, fueron capaces de salir adelante con esfuerzo y espíritu de superación.
Era un homenaje a los oprimidos e incluso, podríamos decir, llevando hasta el extremo sus argumentos, que era un tributo a la clase trabajadora, casi siempre olvidada cuando se celebran las gestas históricas nacionales. Por medio de este discurso, acusaban a quienes se oponían o mostraban rechazo a la estatua del niño betunero de querer borrar la historia, de pretender olvidar un pasado de miseria y pobreza que sin embargo había existido.
Si la derecha hubiera leído a Marx hubiera esgrimido que en El Capital se dedica un apartado entero a la legislación sanguinaria contra los expropiados, donde se nos habla de cómo el capital necesitó construir un mundo del hampa, un lumpenproletariat, para constituir un ejército de reserva que hiciera descender los salarios. El niño betunero fue una víctima de la explotación en el proceso de acumulación capitalista y es de justicia homenajearlo, nos dirían si hubieran leído a Marx.
Entonces, ¿cuál es el problema?, ¿por qué tanto recelo hacia la escultura, tanta polémica en torno a ella, si la derecha, según sus argumentos, parece apostar por un arte proletario?
El problema es que sus argumentos son falaces y que, como decíamos, tienen algo de verdad, pero también tienen mucho de tergiversación. El problema de la estatua del betunero es que nos convierte en cómplices: nos invita a sentarnos frente a ella y a asumir el gesto clasista de quien espera que se ponga de rodillas quien trabaja para él. La estatua la completa quien la contempla, quien se sienta en ella y reproduce, con su acto performativo, una relación laboral basada en la servidumbre. El problema de la estatua del betunero es que invita, a quien la contempla, a establecer una relación complaciente con un pasado en el que la explotación infantil estaba a la orden del día, promoviendo una visión romántica de aquellos tiempos de donde se extrae la escena.

No hay rastro de suciedad en el trabajo que el betunero desarrolla y esta limpieza nos hechiza como espectadores, obligándonos a mantener una posición a-crítica delante de ella; en vez de horrorizarnos, de interpelarnos para que rechacemos la explotación, la estatua del betunero nos provoca una sonrisa de complacencia y complicidad. Y aquí está el problema.
Claro que habría que poblar las ciudades de estatuas que representen el trabajo y la explotación como la del niño betunero, llenar las calles de homenajes a una clase obrera sobre cuyas espaldas se construyó el país, de los cholos que viven violentamente en Los que se van, de los indios desplazados en Huasipungo, de los obreros que murieron en Las cruces sobre el agua.
Las calles de las ciudades deberían homenajear a sus héroes silenciados. El niño betunero es uno de esos héroes, pero le han robado su dignidad, convirtiéndolo en parte del paisaje. El artista urbano Bansky ha pintado recientemente, en una escalera, a un niño que bien podría ser un betunero de Guayaquil. Viste harapos, calza unos zapatos roídos por el tiempo, está mugriento y su mirada apenas logra ocultar su tristeza. Al lado tiene un cartel que dice ‘no me ignores’.
A diferencia del betunero de Nebot, el niño de Bansky no nos hace sonreír, ni siquiera deja asomar una mueca de condescendencia, nos eriza la piel y el espanto nos activa política y socialmente, eleva nuestra conciencia. Reclama que tomemos partido.
El arte urbano debe intervenir, en la ciudad y en nosotros para cambiar nuestras calles, pero también para cambiarnos a nosotros mismos cuando las cruzamos, cuando paseamos por ellas.
El arte debe empoderarnos como ciudadanos, no reproducir y normalizar el clasismo de otras épocas. Se trata de levantar estatuas que en vez de hechizarnos, nos reten a ser una parte activa de la transformación social; estatuas que nos recuerden quiénes somos y dónde vivimos, que hagan justicia a nuestra memoria histórica, que no borren la huella de explotación y de miseria que llevamos tatuada en la piel, que requieran nuestra atención no para alegrarnos el paseo, sino para que no olvidemos el pasado, para que combatamos la injusticia, no para que nos fotografiemos con ella.

David Becerra Mayor // Publicado en El Telégrafo  (14 de noviembre de 2014), pág. 26.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Escribir es convocar al fantasma

El comité de la noche de Belén Gopegui


"Como los erizos, ya sabéis, los hombres un día sintieron su frío. Y quisieron compartirlo. Entonces inventaron el amor. El resultado fue, ya sabéis, como en los erizos”: son las palabras con las que Luis Cernuda abre su poemario Donde habite el olvido. Los cuerpos se acercan a otros cuerpos para refugiarse del frío, pero una vez juntos se provocan dolor. El comité de la noche de Belén Gopegui arranca con la misma parábola del erizo, aunque no ya para definir el amor, sino la necesidad de la lucha colectiva: “Cuentan, es sabido, que en los días gélidos los erizos sienten la necesidad de juntarse para darse calor y no morir. Cuando se aproximan mucho, las púas de los otros erizos les causan dolor. Sin embargo, alejarse comporta un frío insoportable. A diferencia de los erizos, nos acercamos no sólo a otros erizos sino a la causa de los días helados. El peligro y la moderación nos mantienen a una distancia adecuada para subsistir. Pero, a veces, nos seguimos acercando”. ¿Cuál es la causa de los días helados? Si nos acercamos, lo averiguaremos. Aunque nos hagamos daño. Pero necesitamos acercarnos –es la apuesta de El comité de la noche.

Decía el autor de best-sellers Paco Ignacio Taibo II que “nuestro continente [América Latina] se cuenta bien con técnicas de novela negra”. La crisis capitalista, que ha puesto al descubierto la corrupción y las intrigas del poder, acaso no encuentre mejor género para narrarse que el policial. Con El comité de la noche Belén Gopegui retoma la estrategia que ya había explorado en El lado frío de la almohada o Acceso no autorizado: introducir la política en un género tan aparentemente apolítico como es la novela policiaca, aprovechar un género popular para llegar a lectores que nunca antes hubieran abierto las páginas de una novela política. Se trata de ser como el caballo de Troya: ocultar lo político en el interior de una novela de género para descubrirlo en el momento más inesperado. El comité de la noche, con una trama al más puro estilo de thriller policial, está protagonizado por dos mujeres, Álex y Carla, que participan en un movimiento clandestino de lucha contra la mercantilización de la sangre. Sucede que hemos podido saber, por medio de una noticia publicada por Europa Press, que “una multinacional farmacéutica plantea pagar setenta euros semanales a los parados que donen sangre”. El paro como recurso y la crisis como pretexto para implantar medidas de corte neoliberal, la doctrina del shock para privatizarlo todo, incluso nuestro cuerpo, nuestra vida, nuestra sangre. Pero hay un espacio para la resistencia. De las mareas blancas contra la privatización de la sanidad han surgido grupos de lucha que entienden que tienen que actuar desde la clandestinidad para oponerse a la clandestinidad del poder: “su dinero negro, sus reuniones opacas”. No se puede dejar todo al descubierto; hay que guardar un as en la manga para ganar la partida. 

Pero no sólo hay trama en la última novela de Belén Gopegui. Acostumbrada a recibir los golpes de una crítica que la acusa de poner la literatura al servicio de la propaganda, sacrificando con ello el estilo, Belén Gopegui trae a sus lectores unas páginas que pueden sin duda calificarse de prosa poética. Gopegui demuestra, contra lo que creen los perros guardianes del buen gusto literario, que se puede escribir bien de cualquier cosa; incluso de política. Y a la vez que las protagonistas luchan en el interior de la novela, desde el plano de la ficción, su autora, Belén Gopegui, lucha desde la literatura, dando un salto a lo real, para oponerse a los relatos mediante los cuales el poder legitima su posición de dominio. “Ahora que parece que todo se puede decir”, observamos también que “las metáforas que ya conocemos [...] están llenas de significados que tal vez no queríamos”. Se hace preciso trabajar con metáforas nuevas, pero también desvelar la función inmovilizadora de los viejos significados. El relato del poder se ha construido como negación de cualquier alternativa: “Esto es lo que hay”, es la ficción que emplea el poder para obstruir el cambio; o como se dice también en El comité de la noche: “Más que disonancia nos cuesta, me parece, aguantar eso que alguien llamó desolación de la quimera: no poder, no tener fuerzas, no imaginar cómo”. Parece que los gobernantes sufren una crisis de imaginación, como si fueran incapaces de imaginar otras salidas. Pero la desolación de la quimera –de nuevo Cernuda– no es más que una ficción para contener el estallido social.

Hay que construir un nuevo relato, una literatura que imagine una alternativa, que nos enseñe a organizarnos de otra manera, a disputar el poder. “Escribir, voy sabiendo, es convocar al fantasma”; la literatura es, como la organización clandestina de la novela, “una herramienta no neutral de la lucha de clases”. Es el fantasma. En las páginas de El comité de la noche de Belén Gopegui está el fantasma, sigámosle, ya que parece dispuesto a recorrer Europa nuevamente. Quizá el fantasma nos dé miedo, pero debemos acercarnos a él. Ya sabéis, como en los erizos.

David Becerra Mayor // Publicado en Mundo Obrero, nº 278 (noviembre 2014), pág. 27. http://www.mundoobrero.es/pl.php?id=4337